Cartas al Director
¿Hasta cuándo dormirá España?
El eclipse de la identidad y la urgencia de un viraje histórico
Análisis del repliegue nacional ante la quiebra del pilar fronterizo en Ceuta y Melilla, la paradoja del consentimiento social y la imperiosa necesidad de una mutación legislativa inexpugnable.
“El que no aplica nuevos remedios debe esperar nuevos males;
porque el tiempo es el máximo innovador.”
Francis Bacon

César Valdeolmillos Alonso | 17.09.2026
Mirar hoy el mapa del mediodía español no produce el gozo del navegante que divisa puerto firme, sino el desasosiego del vigía que contempla cómo la marea devora silenciosamente la escollera. Los acontecimientos recientes en la plaza soberana de Ceuta, sumados a las crecientes sombras que proyectan las apetencias expansionistas sobre Melilla y los archipiélagos canario y balear, han dejado al descubierto algo más hondo que una mera quiebra en la gestión gubernamental: nos enfrentamos al espejo de una nación entorpecida, incapaz de reaccionar cuando rozan sus cimientos. Mientras el poder central responde a las presiones externas e internas con componendas de salón y brindis al sol, la sociedad asiste adormecida al despiece metódico de su herencia común. ¿En qué recoveco de
la memoria se perdió la dignidad nacional? ¿Qué anestesia ha neutralizado el instinto de propia conservación del pueblo español?
La frontera herida y el silencio de las palabras
La vista de lo que está ocurriendo de manera flagrante con Ceuta y del inquietante horizonte que se dibuja sobre Melilla, el Archipiélago Balear y las Islas Canarias, no cabe el disimulo ni la tibieza verbal. Quien observe la panorámica nacional con la ecuanimidad del historiador advertirá de inmediato que no nos hallamos ante un vendaval pasajero ni ante un simple tropiezo administrativo. Nos encontramos frente al resultado lógico de un proceso continuado de vaciamiento ideológico e institucional que exige, con la máxima prisa que imponen los hechos, no ya un inocuo relevo de caras en el Consejo de Ministros, sino un giro de 180 grados en la totalidad de las directrices implantadas por el Partido Socialista durante los ciclos de José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez.
Es un hecho del todo sabido que el PSOE que colaboró en la concordia de la Transición ha dejado de existir. Aquella organización que naciera en la penumbra de una taberna madrileña con el propósito de encauzar las aspiraciones obreras ha retornado, por una trágica paradoja del destino, al extremismo doctrinario de sus orígenes históricos. En la práctica cotidiana, el partido del gobierno conserva la base electoral que acreditan los sondeos porque sus últimos dirigentes han decidido engullir sin remilgos todo el catálogo ideológico de la izquierda radical. Para recuperar el poder —en el caso de perderlo en las próximas elecciones— se ha llevado a cabo una regularización masiva de inmigrantes irregulares, convertida en una herramienta más de cálculo partidista que en un gesto de rectitud republicana.
Frente al quebranto de las fronteras físicas y el desconcierto de las instituciones, la respuesta de la Presidencia del Gobierno ha transitado entre la grandilocuencia vacía y la claudicación pasiva. Se proclama la calma desde las tribunas oficiales mientras los límites soberanos se transforman en plastilina geopolítica. Sin embargo, lo más alarmante de esta crisis no reside únicamente en la osadía de las potencias vecinas o en el cálculo frío de quien ocupa la Moncloa, sino en la mansedumbre con que la ciudadanía asimila el agravio.
España padece una dolencia que la medicina clásica denominaba abulia: una parálisis de la voluntad colectiva que impide reaccionar incluso cuando el fuego acorrala la propia vivienda.
La cirugía del poder y la desaparición del pueblo
Para desentrañar el dilema que nos atañe conviene acudir a la lección de la Historia. La nación que olvida la materia de la que está hecha acaba convertida en arcilla para las manos ajenas. Durante siglos, la comunidad hispánica se vertebró alrededor de un sentido trascendente de la responsabilidad compartida. Hoy, en cambio, la noción de patria ha sido sustituida por un pragmatismo adormecedor. ¿Qué le ha ocurrido al pueblo español para exhibir esta llamativa falta de identidad nacional? La respuesta no es fruto del azar, sino de un minucioso trabajo de orfebrería ideológica.
«Una nación no es una simple suma de ciudadanos empadronados, sino un barco de madera noble cuya quilla ha resistido tempestades centenarias. Si permitimos que las termitas del adoctrinamiento y el desencanto carcoman la estructura interna, no hará falta que ningún monstruo marino embista la nave; bastará una brisa ligera para que las cuadernas se abran y el barco se hunda por su propio peso.»
La izquierda política en España ha comprendido desde hace décadas una máxima que la derecha suele soslayar por pereza o complejo: la imposición ideológica no entiende de treguas ni de pausas. Para el credo progresista, el ejercicio del poder posee un carácter casi litúrgico, sagrado en sus fines y dogmático en sus formas. El tiempo no cuenta para sus estrategas. Cuando pierden la administración del Estado, su proyecto no se destruye, simplemente entra en letargo; cuando regresan, retoman la tarea exactamente en el mismo punto de la página donde la dejaron antes de la pausa electoral. Han transformado la ley en un molde para fabricar un ciudadano dócil, desarraigado de su tradición y avergonzado de su pasado.
Aunque las encuestas elaboradas por los despachos oficiales intenten dibujar un horizonte apacible para el partido del Ejecutivo, el Presidente sabe perfectamente que el terreno que pisa se halla sembrado de grietas. Si el panorama fuera tan propicio como pretenden hacernos creer las estadísticas institucionales, el jefe del Gobierno no abrigaría la menor duda en convocar las urnas de inmediato para asegurarse otros cuatro años de aposento seguro. Lejos de esa tranquilidad, la irritación manifestada desde la cúpula del poder ante la paralización de la llamada Ley de Nietos por parte del Tribunal Supremo evidencia la hondura de sus temores. Si el Alto Tribunal ha procedido a frenar dicho cauce legal es porque ha detectado una alteración práctica en la confección del censo electoral que alteraría de forma sustancial la limpieza de las urnas.
Ignoro en qué momento preciso ni bajo qué condiciones específicas habrán de celebrarse las próximas elecciones generales. Lo que de ninguna manera ignoro —pues salta a la vista de cualquier observador desprovisto de anteojeras— es la voluntad férrea, e incluso la necesidad vital, que atenaza a Pedro Sánchez para aferrarse al bastón de mando a cualquier precio y bajo cualquier servidumbre. El poder se ha transformado para el Ejecutivo en un fin autorreferencial, un refugio donde el proyecto nacional ha sido sustituido por el mero ejercicio de la supervivencia personal.
Se hace imprescindible, por tanto, una reflexión que supere los estériles juegos de artificio de la política menuda. No basta con esperar a que el fruto podrido caiga por la gravedad de su propio peso. Quienes aspiran a reconstruir lo dañado deben comprender la urgencia imperiosa de sumar entre el Partido Popular y VOX una cifra insustituible: los 210 diputados en las Cortes Generales. Y no se trata de un número caprichoso o elegido al azar en la ruleta parlamentaria.
¿Por qué esa meta matemática de los tres quintos de la Cámara?
Porque la experiencia histórica demuestra de forma reiterada que las meras reformas cosméticas son barridas de un plumazo en cuanto la izquierda retorna al Gobierno. Si de verdad queremos impedir que las situaciones inauditas que se han padecido durante las legislaturas de Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez vuelvan a repetirse en el mañana, no bastará con derogar de pasada las leyes que han conducido a España al atolladero actual. Será obligatorio blindar las nuevas normas relativas a la estructura del Estado, la seguridad nacional, la educación y la cohesión territorial de tal forma que para su modificación o derogación sea preceptiva la mayoría cualificada de tres quintos. Solo erigiendo un muro normativo de tal solidez se garantizará la estabilidad de la nación frente a las embestidas del voluntarismo político.
La tibieza ha sido el gran cáncer de la convivencia española. Durante demasiado tiempo se ha confundido la moderación con la cobardía, y el diálogo con la renuncia a los principios más elementales. El pueblo español necesita mirarse en el espejo de su verdadera historia para sacudirse el complejo de culpa que se le ha inculcado desde las cátedras de la corrección política. Si la ciudadanía no despierta de su letargo y exige a sus representantes una defensa cerrada de la soberanía en Ceuta, Melilla y los archipiélagos, el eclipse de nuestra identidad será definitivo.
No sería la primera vez que la sociedad española contemplara el abismo con la mirada extraviada de quien se cree ajeno a la Historia. Ya en las postrimerías del siglo XIX, cuando la "Perla de las Antillas" se desgajaba entre la indiferencia de los despachos y la falsa euforia de la prensa oficialista, el país asistió anestesiado al desastre de 1898. Mientras los barcos de la Armada se hundían en las aguas de Santiago de Cuba, en los cafés de la Corte se seguía discutiendo de minucias electorales y de arreglos partidistas. Aquella quiebra no fue únicamente una derrota militar o una pérdida territorial; fue, por encima de todo, el síntoma de una sociedad adormecida que prefirió ignorar la realidad hasta que el golpe de la Historia se hizo irreversible. Hoy, ante la erosión paulatina de la presencia soberana en el norte de África y en nuestras fronteras insulares, la sombra de aquel eclipse amenaza con repetirse si los españoles insistimos en no despertar de nuestro letargo.
Entre el abismo de la indiferencia y la esperanza del renacimiento
Llegamos así al cruce de caminos donde las palabras deben dejar paso a las determinaciones firmes. Todo lo que no sea articular una acción clara, madura y decidida, exenta de acomplejados espejismos y de paños calientes, equivaldrá a resignarnos a ser meras víctimas del ayer en lugar de dueños soberanos de nuestro mañana. La encrucijada presente no admite la postura del mero espectador. O recobramos el pulso de nuestra dignidad colectiva, recuperando el orgullo de pertenecer a una nación histórica de primer orden, o aceptaremos en silencio convertirnos en una periferia desdibujada, expuesta a los caprichos geopolíticos del exterior y a la fragmentación interna.
A pesar de la gravedad del diagnóstico, no hay espacio para la desesperanza estéril. La Historia de España es un dilatado catálogo de resurgimientos inverosímiles cuando todo parecía perdido. Sin embargo, la esperanza no es un regalo que caiga del cielo sin esfuerzo, sino una conquista que se labra con el coraje de las convicciones. El pueblo español guarda en su seno la memoria de su grandeza; solo requiere que sus líderes le hablen con la verdad desnuda, sin pañuelos de seda ni ambigüedades calculadas, y que se emprenda sin demora la reconstrucción de las instituciones desmanteladas.
Mensaje de advertencia y de llamada al despertar: Si la sociedad española insiste en dar la espalda a sus fronteras y en consentir que la norma suprema sea manipulada por el interés coyuntural de una facción, la descomposición territorial y social dejará de ser una amenaza lejana para convertirse en una amarga realidad cotidiana, que entonces sí sería irreversible. Pero si de las cenizas de esta apatía surge un impulso renovador que afiance la ley, restaure el respeto al censo nacional y asegure el blindaje constitucional necesario, España volverá a erguirse con la serenidad de los pueblos antiguos que rehúsan morir. La decisión está en nuestras manos, en las de todos y cada uno de los españoles: o seguimos alimentando los complejos del pasado, o asumimos de una vez la noble tarea de ser padres de nuestro propio futuro.
César Valdeolmillos Alonso