Cartas al Director
La pirámide del poder
Cuando una sociedad deja de ver casos aislados y empieza a percibir un sistema, ya no resulta admisible que las responsabilidades busquen siempre otro destino.
“La tiranía no es otra cosa que el poder sin responsabilidad.”
George Orwell

César Valdeolmillos Alonso | 25.05.2026
La última gota nunca cae sola
Las sociedades tienen memoria, aunque haya veces que no lo parezca. No una memoria exacta, ordenada y meticulosa como la de los archivos o los tribunales. La memoria de los pueblos se parece más a esas viejas casas familiares donde todo permanece guardado en algún rincón: una conversación olvidada, una pequeña decepción, una promesa incumplida, una sospecha que nunca terminó de disiparse. Nada desaparece del todo. Todo permanece, aguardando silenciosamente hasta que un día, sin previo aviso, esas piezas que parecían inconexas comienzan a reconocerse unas a otras.
Quizá por eso los ciudadanos rara vez se echan a la calle por un único motivo. Una manifestación nunca nace el día que se convoca. Comienza a gestarse de forma imperceptible mucho antes. Se forma como las grietas en una pared: primero invisibles, luego finas y finalmente imposibles de ocultar.
Y quizá el error de muchos análisis sea precisamente ese: buscar la explicación de lo ocurrido en Madrid únicamente en Madrid y únicamente en el día en que ocurrió.
Durante años la política española ha ido dejando una curiosa sensación de repetición. Cada pocas semanas surgía un nombre nuevo, una investigación nueva, una crisis nueva o una controversia nueva. A veces cambiaban los protagonistas; otras veces cambiaban los escenarios. Pero permanecía una impresión extraña: la de estar leyendo distintos capítulos de un mismo libro.
Cuando los nombres cambian, pero el vértice permanece
Y cuando el ciudadano comenzaba a acostumbrarse a vivir entre sobresaltos políticos como quien termina acostumbrándose al ruido de unas obras interminables, irrumpió algo que para muchos tuvo el efecto de un auténtico terremoto político y emocional: la investigación judicial que alcanzó al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, un hecho sin precedentes por su dimensión simbólica y por el impacto que proyectó dentro y fuera de España.
No por su recorrido judicial —que corresponderá determinar a los tribunales— sino por lo que produjo en la conciencia colectiva: la sensación de que, cuando parecía que el asombro ya había agotado su capacidad de sorprender, todavía quedaba una vuelta más de tuerca.
Y quizá fue ahí donde algo comenzó a romperse silenciosamente. Porque existe un momento en que la acumulación deja de parecer una sucesión de episodios y empieza a transformarse en un estado de ánimo. Llega un instante en que una sociedad deja de mirar únicamente el titular del día y comienza a dirigir la mirada hacia algo más profundo: la inquietante impresión de que tal vez el problema ya no sea cada caso por separado, sino el dibujo que todos parecen formar cuando se observan juntos.
Y luego aparece algo todavía más difícil de medir: una sensación. La impresión de que cada episodio nuevo trae un nombre distinto, pero deja siempre el mismo eco.
Tomados uno por uno, todos admiten explicaciones particulares. Y sería intelectualmente deshonesto afirmar lo contrario. Cada asunto posee naturaleza propia, circunstancias propias y recorridos distintos.
Pero la psicología colectiva no funciona como un sumario judicial. Los ciudadanos no viven dentro de autos, diligencias o procedimientos. Interpretan la realidad a través de sus percepciones.
Y cuando durante años una sociedad contempla una acumulación constante de episodios, comienza a producirse un fenómeno profundamente humano: la mente deja de analizar cada hecho de manera aislada y empieza a buscar modelos de conducta, relaciones y ese hilo silencioso que une unas piezas con otras hasta formar un dibujo reconocible.
Es una reacción natural. El ser humano necesita comprender el dibujo antes que los trazos.
La extraña geometría del poder
Y aquí aparece una cuestión decisiva. La pregunta deja de ser quién hizo qué para formular otra mucho más incómoda:
¿Dónde terminan conduciendo los caminos?
Porque existe una diferencia entre una colección de accidentes y una estructura. Una gotera puede ser una casualidad. Cinco goteras obligan a mirar el tejado.
La política funciona de manera parecida.
Y hace ya tiempo que muchos ciudadanos parecen haber comenzado a observar cada pieza con una atención distinta: miran a ministros concretos, a asesores concretos, a responsables concretos, pero llega un momento en que los nombres dejan de contemplarse de forma aislada. Todos forman parte del círculo del poder: cada uno representa uno de esos episodios, decisiones o hechos aparentemente inconexos que han ido apareciendo sucesivamente y cuyos protagonistas se encontraban dentro del mismo perímetro político.
Y es precisamente ahí donde comienza a cambiar la mirada del ciudadano. Porque cuando los hechos dejan de percibirse como piezas dispersas y empiezan a formar parte de un mismo dibujo, surge una necesidad profundamente humana: averiguar qué fuerza sostiene el conjunto y dónde se encuentra su verdadero punto de apoyo.
Porque la mirada termina haciendo lo que hacen los ríos: seguir su curso hasta descubrir dónde desembocan.
Porque las democracias pueden convivir con errores. Lo que les resulta mucho más difícil asumir es una determinada sensación: la impresión de que las responsabilidades siempre viajan hacia abajo mientras el poder permanece inmóvil arriba.
Es cierto que en los sistemas parlamentarios resulta habitual que quien dirige un Gobierno dirija también la organización política que lo sostiene. No hay ahí ninguna anomalía. Lo singular comienza cuando esa coincidencia deja de ser una mera circunstancia institucional y empieza a convertirse en una forma concreta de ejercer el poder.
Porque existe una diferencia entre liderar una estructura y concentrar alrededor de ella el centro de gravedad de todas las decisiones, nombramientos, equilibrios y mecanismos de supervivencia política.
Y cuando una organización, un Gobierno y una estrategia terminan proyectando la sensación de girar alrededor de un mismo eje, la cuestión deja de ser quién ocupa cada puesto. La pregunta pasa a ser otra: cuánto poder termina descansando realmente sobre un solo punto de apoyo.
Y ese dato importa.
Importa mucho.
Porque cuanto más se concentra el poder, menos espacio queda para repartir responsabilidades.
Existe una vieja costumbre política —y quizá humana— que atraviesa épocas, gobiernos y generaciones:
Los errores son huérfanos.
Las crisis tienen culpables externos.
Y las responsabilidades siempre parecen vivir unas plantas más abajo.
Las democracias empiezan a fatigarse en voz baja
Las sociedades pueden soportar dificultades económicas. Incluso pueden soportar malos gobiernos. Lo que termina erosionando de verdad su confianza es algo mucho más delicado: la impresión de que una y otra vez se pide al ciudadano que dude menos de los hechos que de sí mismo.
Pero existe algo que la sociedad rechaza con indignación: la sensación de que quienes le gobiernan no sólo pretenden convencerle, sino persuadirle de que no vea lo que está viendo.
Primero aparece cansancio.
Después fatiga.
Más tarde irritación.
Y finalmente algo más peligroso: la desconfianza.
El ruido de la calle empieza mucho antes de la calle
Las manifestaciones casi nunca empiezan en las plazas. Empiezan mucho antes. Surgen en una sobremesa. En una conversación entre amigos. Ante una ceja levantada en el televisor. En ese silencio incómodo que aparece cuando alguien pronuncia una frase aparentemente pequeña:
“Esto ya no va de un caso”.
Ahí nacen las grietas verdaderas.
No en el asfalto.
En la confianza.
Y ahí quizá se encuentre el verdadero origen de las manifestaciones de Madrid.
No en unas siglas.
No en una consigna.
No en una pancarta.
Sino en una emoción.
La sensación de que una parte de la sociedad ha dejado de protestar contra casos concretos y ha comenzado a reaccionar contra una forma de poder.
Cuando el poder empieza a discutir con sus límites
Y quizá exista algo todavía más delicado que la propia acumulación de escándalos o controversias: la relación que el poder mantiene con aquello que precisamente debería limitarlo.
Porque las democracias no descansan únicamente sobre elecciones. Descansan también sobre frenos. Sobre jueces. Sobre parlamentos. Sobre instituciones independientes. Sobre organismos llamados a recordar al poder una verdad antigua: gobernar nunca significó ocuparlo todo.
El problema comienza cuando una parte de la sociedad deja de preguntarse si el poder tiene límites y si esos límites los puede ignorar quien gobierna.
La cima y la sombra
Los antiguos sabían algo que las democracias modernas parecen olvidar con demasiada frecuencia: cuanto más alto se encuentra un hombre, más larga es su sombra.
Y las sombras tienen una característica incómoda: siempre terminan regresando hacia quien las proyecta.
Porque el poder democrático nunca consistió únicamente en gobernar.
Consistió también en responder.
Responder por los aciertos.
Responder por los errores.
Responder incluso por aquello que uno no hizo personalmente, pero sí permitió, sostuvo o decidió mantener.
Porque quien reclama para sí la cúspide no puede mudarse al sótano cuando llegan las responsabilidades.
Y quizá por eso la sentencia final resulte tan sencilla como incómoda:
Si todo el poder termina ascendiendo hacia un mismo vértice, llega un momento en que toda una sociedad comienza a exigir que la responsabilidad emprenda el camino inverso.
César Valdeolmillos Alonso