Cartas al Director

 

Los hombres a quienes el Estado dejó solos

 

Cuatro guardias civiles muertos. Dos funerales sin la presencia del presidente del Gobierno. Un ministro abucheado por sus propios agentes. Y un país empezando a preguntarse si el dolor también puede sentirse abandonado.

 

 

 

“La indiferencia, para el que sufre, es una forma de abandono.”

Atribuida a Elie Wiesel

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 15.05.2026


 

 

 

Las palabras también entierran

Hay palabras que no describen solamente una realidad. También revelan el alma moral de una época.

 

“Accidente.”

Ése fue el término utilizado desde el Gobierno para referirse a la muerte de otros dos guardias civiles asesinados tras ser embestidos por una narcolancha en Barbate.

Más tarde, la candidata socialista a la presidencia de la Junta de Andalucía, María Jesús Montero, fue todavía más lejos y habló de “accidente laboral”.

Las palabras son importantes. Con ellas intentamos describir lo que pensamos.

Un accidente es un desprendimiento de tierra. Un fallo mecánico. Una desgracia imprevisible. Un infortunio sin voluntad humana detrás.

Pero las muertes de los dos guardias civiles no se debieron a ningún hecho inevitable.

Aquellos hombres murieron en acto de servicio frente a organizaciones criminales cuya violencia, medios y capacidad operativa llevaban años siendo denunciadas por los propios agentes.

Y quizá lo más inquietante no sea únicamente la brutalidad de sus muertes.

Quizá lo verdaderamente inquietante sea la manera en que el poder pareció administrar después el dolor.

 

Cuando las ausencias se hacen presentes

Cuatro guardias civiles han muerto últimamente en actuaciones vinculadas al narcotráfico en el sur de España.

Cuatro.

Y, sin embargo, ni el presidente del Gobierno ni el ministro del Interior encontraron un hueco en sus agendas para asistir a los funerales de ninguno de los agentes fallecidos ni para acompañar personalmente a sus familias.

Precisamente, cuando más necesario es el consuelo, es cuando las ausencias se hacen más presentes.

Y quizá por eso aquella ausencia no quedó únicamente junto a los ataúdes o entre las familias. También se hizo presente en muchos ciudadanos que, al margen de ideologías o posiciones políticas, sintieron aquellas muertes como una herida que trascendía cualquier debate.

Los funerales de Estado no son únicamente simbólicas ceremonias rituales.

Son el último gesto de gratitud hacia quienes ya no regresarán, el adiós a una parte de la vida que también muere con quien se va, el gesto de gratitud y respeto a quien entregó su vida por servicio a los demás.

Porque en las tragedias colectivas existe algo que los ciudadanos esperan incluso antes que las explicaciones: humanidad, no grandes discursos, no escenografías, no estrategias de comunicación.

Simplemente humanidad.

Y esa necesidad se vuelve todavía más intensa cuando la sociedad percibe —con razón o sin ella— que determinadas decisiones, omisiones o previsiones insuficientes pudieron formar parte de la cadena de acontecimientos que condujo hasta el dolor.

En esos momentos, la cercanía deja de ser un gesto protocolario para convertirse en una obligación moral.

 

Ganárselo

Aquí aparece otra de las cuestiones más difíciles de comprender.

A día de hoy, ni la Policía Nacional ni la Guardia Civil tienen reconocido legalmente el carácter de profesión de riesgo.

No lo tienen quienes persiguen terroristas.

No lo tienen quienes combaten el narcotráfico.

No lo tienen quienes salen cada día sabiendo que regresar a casa con los suyos, no siempre es un horizonte probable.

La reivindicación lleva años sobre la mesa.

Y, sin embargo, la proposición continúa bloqueada mediante sucesivas prórrogas parlamentarias.

La número setenta y una llegó hace apenas unos días.

Y quizá ninguna frase retrató mejor la distancia emocional entre parte del poder político y las fuerzas de seguridad que aquella pronunciada desde un escaño socialista cuando se afirmó que ese reconocimiento debían “ganárselo”.

Ganárselo.

Como si enfrentarse al narcotráfico, al terrorismo o a la violencia criminal no significara ya salir cada día a un futuro algo más que incierto.

Como si algunas profesiones todavía tuvieran que seguir demostrando con sacrificios lo que la realidad lleva años escribiendo por sí sola.

Porque el problema dejó hace tiempo de ser únicamente operativo.

Se volvió humano.

Los agentes no reclaman solamente mejores medios.

No reclaman únicamente más protección.

No piden privilegios.

Piden algo mucho más antiguo y mucho más sencillo: sentir que el Estado al que sirven comprende realmente el precio que algunos de ellos han y están pagando.

 

¿Hechos o palabras?

Tras la tragedia reciente, Fernando Grande-Marlaska acudió a un acto oficial en la Academia de la Guardia Civil de Baeza.

Hubo abucheos.

Hubo reproches.

Hubo dolor.

El ministro trató de recomponer la situación afirmando que él también estaba “rabioso.

 

Mientras tanto, en el Congreso de los Diputados, el PSOE volvía a bloquear —por septuagésima primera vez— la tramitación del reconocimiento de Policía Nacional y Guardia Civil como profesión de riesgo.

 

 

César Valdeolmillos Alonso