Tribunas
03/11/2026
Los que iban a llegar
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
Una de las imágenes de luto que circula por las
redes sociales tras el accidente ferroviario en Urda.

Los muertos en el accidente de Toledo iban a llegar. Esa es quizá la frase más terrible que puede escribirse sobre ellos. Habían emprendido un viaje con un destino, una hora prevista y un después. Al otro lado del trayecto había una tarea pendiente, una conversación aplazada o ese reproche pequeño que reservamos para aquellos cuya presencia damos por descontada.
Pero la muerte se presentó del modo que más nos desconcierta: en mitad de la normalidad. Irrumpió en un tren de alta velocidad, esa formidable promesa moderna de que podemos acortar la distancia y domesticar el tiempo. Una conquista cuya seguridad exige una atención bastante menos vistosa que sus inauguraciones. Conocíamos la hora prevista de llegada. De tanto organizar nuestros días, podemos olvidar que no nos pertenecen por entero.
Quizá por eso nos cuesta tanto hablar de la muerte, aunque nuestra época no deje de representarla. La exhibe en las pantallas, la convierte en entretenimiento y la consume por episodios. Sabemos convivir con innumerables muertes ficticias; apenas sabemos qué decir ante una verdadera. Hemos ganado un poder extraordinario para prolongar la vida, pero seguimos sin saber qué hacer con el hecho de que termine. A veces confundimos ambas cosas y vivimos como si la existencia fuese un servicio contratado y el universo estuviera obligado a cumplir las condiciones.
Ahora bien, que la muerte no esté bajo nuestro dominio no significa que debamos aceptar como inevitable cualquier desgracia. Esta certeza no obliga a absolver la negligencia ni a llamar misterio a lo que puede ser culpa. Habrá que seguir investigando las causas del accidente, exigiendo explicaciones y determinando responsabilidades. Pero incluso cuando se esclarezca lo ocurrido quedará en pie aquello que ningún informe técnico puede alcanzar: una ausencia. El lugar que ocupaba una persona. Su voz. Todo lo que desaparece del mundo cuando falta.
Por eso las cifras, aunque necesarias, resultan tan insuficientes. Cada fallecido deja un vacío distinto, incluso entre quienes lloran a la misma persona. La estadística cuenta correctamente a los muertos y, sin embargo, no consigue contar a ninguno. Para contar a una persona habría que narrar cuánto amó, cuánto esperó. Haría falta una mirada capaz de contemplar entera su existencia.
Ante aquello que no conseguimos contar ni explicar, callamos. Estos días se suceden los minutos de silencio. Tienen algo noble. Estamos juntos porque lo sucedido nos concierne, aunque no sepamos qué decir. Pero ignorar qué decir no equivale a saber que ya no hay nada que esperar. La oración comparte ese desamparo y, aun así, se dirige a alguien. Confía en que las personas que hemos perdido siguen siendo conocidas y amadas por Dios.
Esta tragedia coincide con los días en que la Iglesia celebra a los santos y reza por los difuntos. El calendario litúrgico conserva una distinción que solemos pasar por alto: morir no equivale a alcanzar la plenitud. La cercanía de estas muertes devuelve a las fechas toda su seriedad. Lo que celebramos es que una vida puede alcanzar su cumplimiento en Dios, incluso allí donde nosotros sólo podemos ver su interrupción.
Si Cristo ha resucitado, nuestro amor por quienes han muerto no queda reducido al recuerdo: todavía puede convertirse en oración por ellos. A los santos les pedimos ayuda; por los difuntos seguimos rezando. La oración no es sólo un homenaje a su memoria ni una conversación con nosotros mismos. Se dirige a quien puede recibirlos cuando nosotros ya no podemos hacerlo.
Los fallecidos en Toledo iban a llegar. Sus familias los esperaban en una estación, en una casa, al otro lado de una llamada. Ahora tendrán que vivir la forma más cruel de la ausencia: la de quien debía haber llegado. No hay frase que pueda ahorrarles ese dolor.
No llegaron adonde los esperábamos. Tal vez llegaron antes que nosotros.