Tribunas
20/10/2026
Antes de que hablen
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
Podemos contar hasta el último joven que tendrá derecho a votar y, a continuación, hablar de todos ellos como si fueran uno solo. Sabemos cuántos podrán participar por primera vez en las próximas elecciones generales. Con mucha menos base creemos saber qué piensan. Son rebeldes o conformistas, radicales o indiferentes, progresistas o conservadores. Las etiquetas varían según quién las reparta, pero permanece la costumbre de explicar a los jóvenes antes de escucharlos.
El nuevo elector llega así a las urnas con cierto retraso, pues su opinión lleva meses allí. Un periódico la describe como reaccionaria y otro como revolucionaria; un partido la considera una promesa y otro una amenaza. Cuando intenta explicar que le preocupa el alquiler, descubre que está expresando un malestar generacional. Si añade que también le preocupa la soledad de su abuela, corre el riesgo de complicar el diagnóstico.
Será que rara vez pensamos en bloque. Un joven puede desear cambios profundos y desconfiar de quien promete realizarlos. Puede conservar algo porque conoce su valor y rechazar otra cosa porque ha sufrido sus consecuencias. Incluso puede estar de acuerdo con la izquierda en una cuestión y con la derecha en otra. Nada de eso impide que comparta dificultades con otros jóvenes. Pueden votar de manera opuesta y encontrarse después con el mismo alquiler o la misma imposibilidad de imaginar una vida más larga que su próximo contrato. Pero compartir dificultades no equivale a pensar lo mismo. Confundir lo uno con lo otro convierte un problema real en argumento electoral.
Se dirá que las encuestas necesitan categorías. Por supuesto. También las bibliotecas necesitan estantes, pero ningún bibliotecario sensato supone que todos los libros de una balda cuentan la misma historia. La clasificación presta un servicio mientras ayuda a encontrar el libro, no cuando nos ahorra leerlo.
Una encuesta puede mostrar una tendencia, no agotar las razones de quienes la componen. El porcentaje se convierte en titular y el titular acaba convertido en retrato. A partir de ahí, resulta fácil pedir cuentas a toda una generación por lo que hemos decidido ver en ella.
Hay una curiosa vanidad en el entusiasmo con que los partidos invocan a la juventud. Cada uno tiene su joven predilecto: indignado, emprendedor, precario, nacionalista. Todos desean escucharlo y todos parecen haber decidido ya qué debería decir. Lo celebran como una fuerza libre mientras avanza en la dirección prevista. En cuanto dobla una esquina, buscan a quien lo ha descarriado.
Quizá haya doblado la esquina porque vive allí.
El cortejo tiene su cálculo. Un joven convencido sirve como prueba de que el porvenir milita en nuestras filas. Su adhesión permite presentar como recién nacidas ideas que llevan décadas repitiéndose. Se le pide que traiga aire nuevo y que confirme lo de siempre.
Cuando esos jóvenes dejan de confirmar nuestras expectativas, hablamos de ellos como si hubiesen surgido por generación espontánea. Nos escandaliza su desconfianza después de haber vuelto sospechosas tantas instituciones; censuramos su impaciencia después de educarlos en una cultura incapaz de esperar; lamentamos su falta de esperanza mientras les presentamos el futuro como una amenaza.
Los adultos tenemos una habilidad admirable para diagnosticar en nuestros hijos las enfermedades que les hemos contagiado. Eso no vuelve justas sus opiniones ni los exime de responder por ellas, pero obliga a examinar nuestra parte. A veces llamamos crisis de la juventud al momento en que nuestros hábitos aparecen en personas más jóvenes y dejan de parecernos razonables.
Reconocer nuestra parte no obliga a darles la razón, pero sí a escuchar sus razones. Escuchar exige admitir que el otro tiene motivos que desconocemos y preocupaciones que nuestro discurso apenas roza. También que puede comprender una propuesta y rechazarla. Se reconoce poca autonomía a quien sólo puede discrepar por ignorancia o manipulación.
Por eso resulta contradictorio pedir madurez a los nuevos votantes mientras se los recibe con una caricatura. Si votan lo esperado, han adquirido conciencia política; si se apartan del pronóstico, alguien tendrá que explicar qué les ha ocurrido.
También cabe que hayan pensado.
El voto obliga a tomar en serio esa capacidad. Quien entra en la cabina no tiene obligación de representar el porvenir, rejuvenecer un partido ni confirmar un editorial. Tampoco necesita haber alcanzado una sabiduría que rara vez se exige a sus mayores. La mayoría de edad reconoce su capacidad de decidir y de responder por una elección que puede ser equivocada.
Habrá entre esos nuevos electores opiniones lúcidas, confusas, injustas y vacilantes. Algunas cambiarán con la experiencia; otras resistirán mejor de lo que sus mayores suponen. Recibirlos como ciudadanos exige admitir que aún tenemos algo que escuchar y quizá algo de lo que responder.
Después de dieciocho años esperando para votar, sería una descortesía informarles de que ya lo habíamos pensado todo por ellos.