Tribunas
29/09/2026
La pregunta prohibida
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
La ministra de Sanidad, Mónica García, en rueda de prensa.
Foto: Europa Press.

La ministra no tuvo problemas con la respuesta; los tuvo con la pregunta. Una periodista quiso saber si el feto sufre durante un aborto. Mónica García declaró primero que no entendía qué le estaban preguntando y acabó calificando la pregunta de «negacionista» y «perversa», porque plantearla podía culpabilizar a las mujeres.
Es una reacción curiosa. Cuando alguien pregunta qué sucede durante una intervención médica, cabría esperar que una ministra de Sanidad explicara qué se sabe, qué se discute todavía y hasta dónde alcanza la evidencia disponible. Sin embargo, escogió un procedimiento más rápido: en vez de examinar la pregunta, examinó la moralidad de quien la formulaba.
Así se logra una hazaña política notable: dar la respuesta por evidente sin llegar a pronunciarla. De paso, se introduce una revolución en el significado de las palabras. Hasta ahora, negacionista era quien cerraba los ojos ante una realidad incómoda. Ahora puede serlo quien pregunta si esa realidad existe. Hemos progresado lo suficiente para llamar negación al intento de averiguar. Ya no hace falta refutar al interlocutor. Basta con convertir su curiosidad en una culpa.
La cuestión científica, sin embargo, exige algo más que un adjetivo arrojado desde una rueda de prensa. Hay científicos que sostienen que, entre las semanas 19 y 22, el desarrollo de determinadas estructuras neurológicas permite hablar de dolor fetal; otros consideran que no puede afirmarse hasta las semanas 24 ó 25, e incluso más tarde. No existe, por tanto, esa evidencia «más que de sobra» con la que la ministra pretendió liquidar la pregunta. Hay, más bien, una discusión científica que merecía una respuesta algo más seria que la descalificación de quien se atrevió a plantearla.
Pero tampoco es ésta la cuestión principal. Imaginemos que pudiera demostrarse con absoluta certeza que, en determinado momento de la gestación, no existe una experiencia consciente del dolor. ¿Qué habríamos resuelto? Una persona anestesiada no siente la operación y no concluimos por ello que cuanto se le haga resulte indiferente. El dolor importa, naturalmente, y obliga a extremar la cautela y evitar un daño añadido. Pero no puede decidir por sí sólo si un acto es justo.
Quien pretenda defender el aborto necesitará un argumento más amplio que la ausencia de dolor. De lo contrario, la anestesia acabaría convertida en una extraña absolución moral. Y quien sostenga que la vida prenatal merece protección tampoco necesita presentar cualquier movimiento fetal como prueba de una experiencia consciente, especialmente cuando su argumento decisivo permanece en pie, haya o no sufrimiento.
Ahí reside la importancia de la pregunta. No resuelve por sí sola el debate sobre el aborto, pero impide resolverlo escondiendo una parte de la realidad. Preguntar por el sufrimiento del feto no determina qué estatuto debemos reconocerle. Recuerda, sin embargo, que la intervención recae sobre alguien cuya presencia suele desaparecer del lenguaje justo cuando podría volver incómoda la decisión.
Porque no hablamos de él. Hablamos de derechos, plazos, prestaciones, campañas, protocolos y servicios públicos. El vocabulario administrativo consigue que una realidad deje de parecernos real. Todo resulta más manejable cuando queda reducido a un procedimiento. Las palabras ordenan el expediente y, de paso, limpian la escena.
La periodista rompió por un instante ese orden. Introdujo en la conversación aquello que este lenguaje deja fuera: otro cuerpo, otra vulnerabilidad y quizá otro sufrimiento. No formuló una sentencia. Hizo una pregunta. Precisamente por eso resultaba peligrosa. Una afirmación puede combatirse. Una pregunta obliga a mirar.
La ministra sostuvo que introducir esa consideración podía culpabilizar a las mujeres, pero la alternativa a culpabilizarlas no puede ser presentar una decisión como sencilla después de retirar del escenario cuanto podía volverla dramática. La compasión no consiste en ocultar una parte de la realidad para hacer más llevadera la otra.
Una compasión seria preguntaría qué ha llevado a esa mujer hasta allí, quién la acompaña, qué presiones soporta y qué ayuda encontrará si continúa con su embarazo. También se atrevería a preguntar qué sucede con la vida que lleva dentro. Cuando la compasión comienza declarando perversas ciertas preguntas, corre el riesgo de convertirse en comodidad. Nos ahorra el deber de acompañar y la obligación de ofrecer soluciones. También nos evita responder a otra pregunta incómoda: por qué tantas mujeres llegan a creer que, para continuar con su vida, deben impedir que continúe otra.
Quizá es porque hemos construido una conciencia pública singular. Preguntar si alguien sufre se considera perverso; impedir que la pregunta llegue a formularse, compasivo. La ciencia se invoca como palabra definitiva, pero su gesto elemental resulta sospechoso cuando dirige la mirada hacia el lugar equivocado. La libertad se celebra mientras se selecciona la información que puede recibir quien ha de ejercerla. Y el derecho, en vez de reconocer la realidad que pretende ordenar, acaba concediéndonos permiso para apartar los ojos.
La ministra podía haber respondido a la pregunta. Prefirió juzgarla. Seguramente porque resulta más fácil declarar culpable una pregunta que arriesgarse a que la respuesta no nos absuelva.