Tribunas

¿Guardián de mi hermano, o de todo el mundo?

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut


La Adoración del Cordero (Caín y Abel).

 

 

 

 

Mucha gente defiende ahora el universalismo, y, a priori, la idea suena óptima y difícilmente objetable. ¿No es, acaso, el mundo, nuestra casa común?

Sin embargo, el bíblico «guardián de mi hermano»—lo que Caín niega ser— describe un fuerte deber moral muy concreto y directo, pero de extensión mucho menor. La Biblia no abunda en deberes universales y abstractos. Impone muchos concretos, personales y comprensibles hasta por mi nieto Juanito, que es muy espabilado. Suelen ser relaciones humanas directas: Jesús reprende a quienes esquivan cuidar sus padres con pretextos de la ley judía; difícil amar a Dios, a quien no ves, sino amas a quien ves; quien desatiende a los de su casa es un renegado y peor que un infiel (Pablo a Timoteo).

Así que las obligaciones que aparecen en el Nuevo Testamento son fraternas, pero no cósmicas. Pablo es, desde luego, el guardián de sus hermanos (los conoce uno a uno y menciona madres, abuelas, enfermedades del estómago, capotes y libros olvidados) pero no parece serlo de toda la ecumene ni de todo el imperio romano, totius orbis, como dirían ellos.

Pero no se puede ignorar la moda actual del universalismo. No es nuevo; ya en el siglo XVIII hubo mucho universalismo abstracto y lleno de deseos biensonantes. Hoy, los medios, las redes sociales y la tecnología van en esa dirección: podemos ver las inundaciones en Nepal ahora mismo. Y como, al menos tendencialmente, parece que la comunidad política ideal ya no es la pequeña, como quería Aristóteles, sino el mundo entero, se nos pide amor y fraternidad hacia todos, estén en Ucrania, el Tíbet o las antípodas.

Inmigrantes, todos bienvenidos, sin límite alguno; todos nosotros estamos obligados para con todos vosotros. ¿Cómo voy a comer tranquilo mientras veo en TV un pobre bebé inmigrante ahogado en una playa turca? Indirectamente, no hay ordo amoris (el Papa Francisco desautorizó al vicepresidente Vance); la obligación es inmediata, universal y sin gradación por distancia.

A la idea del derecho fraterno y universal tampoco le faltan argumentos, ciertamente. Pero ahora viene la realidad: todos estos ideales implicarían normas jurídicas, controles, sanciones y jueces con jurisdicción universal. Por otra parte, además de rezar por el bebé ahogado (soy creyente) y dar algo de dinero (sin quitárselo a los pobres de mi barrio, ojo), ¿qué puedo hacer por esas buenas causas? No mucho. En cambio, como guardián de mi hermano puedo hacer mucho. (Descarto de ahí mis impuestos, pues, ¿cuánto beneficiarán a mi hermano? Muy poco y sólo de manera indirecta y abstracta).

Un mundo cubierto por una red de guardianes de su hermano sería más humano. Seguiría siendo imperfecto e insuficiente —no volvería innecesarios los hospitales públicos o las pensiones— pero la sociedad sería más vivible y quitaríamos argumentos a los poderes globales. En cambio, en la realidad, las más sinceras lágrimas por los padres del pobre bebé no me impiden abandonar a los míos en una residencia de ancianos; ni tampoco combaten la epidemia de soledad.

Me temo que la atractiva idea del universalismo no se pueda realizar sin un poder igualmente universal, y no precisamente débil. Y aquí topamos con un problema: no debe existir ningún poder universal (lamento apartarme en ese punto del gran Benedicto XVI). Un único poder mundial sería contrario a la naturaleza humana y al cristianismo: católica, sólo la Iglesia, y ya llega. Puede haber organizaciones internacionales diversas —ya las hay, y a día de hoy, demasiadas—, pero no deben tener una potestad universal mientras no las gobierne san Francisco de Asís o la Madre Teresa (me corrijo: ni entonces). El poder mundial, como todos, estaría formado no por guardianes de su hermano sino por hombres como nosotros o peores; muchos, corruptos, pues el dinero en juego abundará; ninguno sabio ni libre del pecado original; gente que seguramente abusará del poder. “Sabéis que los príncipes de las naciones las subyugan”, dijo Jesús.

Mi paisano el ilustrado Feijóo escribió: imposible me parece que ninguno de los que gobiernan se salve. Ni soy teólogo ni sé si la cosa será para tanto —malo será que no haya alguna excepción— pero si todo poder es un peligro, cuanto mayor, más peligro y más irresistible. Se necesita mucha altura moral para no ceder a esas tentaciones. El poder es así. Úrsula Von der Leyen parecía una cursi mujercita, peinada estilo años 60: hoy es una dictadora belicista que lo gobierna todo, y lo hace como si nosotros fuéramos sus súbditos, y como si la UE fuera de su propiedad.

El covid puso en guardia a más de uno contra los riesgos de un poder global. Nunca hay mal que por bien no venga.

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio