Tribunas

La primera persona del singular

 

Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.


El Papa León XIV durante la audiencia.

 

 

 

 

 

 

Algunos piensan que el progreso consiste en fabricar una escalera cada vez más sofisticada. El material es ligero, el diseño ha ganado premios internacionales y un comité de expertos certifica que ascendemos a una velocidad nunca vista. Sólo después, cuando estamos ya a considerable altura, empieza a parecer impertinente preguntarse contra qué pared está apoyada. Algo semejante ocurre con la inteligencia artificial.

León XIV advirtió el miércoles del riesgo de acostumbrarnos a «delegar en los algoritmos decisiones que corresponden únicamente a la conciencia humana». Si la he entendido bien, la afirmación va bastante más lejos de lo que parece. Llevamos décadas imaginando en novelas y películas ordenadores que adquieren voluntad propia y un día se vuelven contra sus fabricantes. Tal vez la escena decisiva sea menos espectacular: un hombre sentado dócilmente ante una pantalla preguntando qué debe hacer.

No sería una rebelión de las máquinas, sino una abdicación de los hombres. Las abdicaciones, sin embargo, casi nunca ocurren de golpe. Suelen comenzar con pequeñas renuncias. Empezamos dejando que eligiesen una canción o un restaurante. Permitimos luego que seleccionasen qué noticias debíamos leer, qué personas podían interesarnos y qué productos deseábamos antes incluso de saber que los deseábamos. Ahora consultamos qué debemos escribir, qué debemos pensar y, con una naturalidad creciente, qué nos conviene decidir.

No hay nada alarmante en que una máquina nos indique cómo llegar de Madrid a Burgos. Lo escribe una auténtica dependiente de Google Maps, aplicación sin la que ya no sé conducir. Pero un navegador puede decirme por dónde llegar antes, no si merece la pena llegar. Esa pregunta no admite atajos ni rutas alternativas. Obliga a elegir y a responder de la elección, dos tareas que suelen complicarnos la existencia. La conciencia tampoco suele allanarnos el camino: vacila, protesta, recuerda y contradice. Cuando ya hemos reunido argumentos suficientes para absolvernos, introduce una objeción. Cuando las circunstancias parecían explicarlo todo, nos recuerda que las circunstancias no actúan; actuamos nosotros.

Quizá por eso la hemos envuelto en tanta solemnidad: para mantener a distancia ciertas cosas. La conciencia es una estancia noble del alma, aunque en la vida corriente tenga la costumbre de comportarse como el testigo que insiste en declarar cuando nosotros ya habíamos dado por cerrado el juicio. No está para confirmar nuestros deseos ni para proporcionarles una coartada metafísica. Nos enfrenta, precisamente, con la posibilidad de que exista algo verdadero, aunque nos perjudique, y algo malo, aunque nos beneficie.

Ahí empieza la tentación de alquilársela a otro. De un algoritmo nadie espera remordimiento. Puede calcular qué opción resulta más eficaz, comparar millones de antecedentes, descubrir relaciones que ningún cerebro habría advertido y asignar probabilidades con una precisión que a nosotros nos está vedada. Pero nunca se despertará a las cuatro de la mañana recordando una crueldad innecesaria. Puede detectar que se equivocó y modificar el cálculo. No puede reconocer que obró mal, pedir perdón ni convivir con la culpa. Nosotros sí.

Seguramente ésta sea una de las razones menos confesadas de nuestra fascinación. Tal vez no queramos únicamente que la máquina acierte más, sino que nos permita responder menos. Si la aplicación recomendó, el modelo descartó o el sistema priorizó, la decisión adquiere una curiosa inocencia gramatical. Las cosas suceden en voz pasiva. Ya no hay exactamente alguien que escogió, sino una opción que «fue seleccionada». No hay quien excluyó a una persona; «el sistema no la consideró idónea».

La burocracia descubrió hace mucho que la primera persona del singular es peligrosísima. Los algoritmos pueden acabar proporcionándonos una forma infinitamente más sofisticada de evitarla. Una herramienta amplía nuestras posibilidades de actuar; la primera persona empieza a desaparecer cuando le encargamos también las razones por las que deberíamos hacerlo. Ésa es la confusión que acompaña casi siempre a las idolatrías: la excelencia del medio termina otorgándole autoridad sobre el fin. Quien trabaja sólo con un martillo acaba sintiendo una inexplicable hostilidad hacia todo aquello que no admite clavos.

La técnica responde muy bien al «cómo», al «cuánto» y al «cuándo». El inconveniente aparece al pedirle que responda al «para qué». Y se vuelve serio cuando le entregamos el «¿debo?». Tal vez lo hagamos porque medir produce una engañosa sensación de conocimiento: creemos que, una vez contadas las cosas, ya sabemos cuánto valen.

En todo aquello que admite cálculo, las máquinas nos superan ampliamente. También una grúa levanta más peso que un hombre y nadie ha concluido por ello que la función esencial de los brazos humanos sea competir con las grúas. Lo extraño es que empecemos a medirnos por aquello que las máquinas hacen mejor cuando, además, el resultado no nos deja en buen lugar: perdemos tiempo con personas de las que no obtenemos nada, guardamos cartas viejas y objetos sin valor, perseveramos en fidelidades poco rentables, cuidamos a quien no podrá devolvernos los cuidados, perdonamos cuando los antecedentes no aconsejan hacerlo y tenemos hijos que alteran los planes, reducen la renta y destrozan cualquier previsión razonable de descanso. Buena parte de aquello que más importa en una existencia soporta bastante mal una hoja de cálculo.

El peligro quizá no sea que la máquina llegue a parecerse al hombre, sino que el hombre empiece a avergonzarse de cuanto en él no se parece a una máquina. Entonces la duda será ineficiencia; la vacilación, ruido; la memoria que duele, una anomalía; el arrepentimiento, un gasto inútil.

Pero no toda fricción es una avería. Hay decisiones que tardan porque en ellas no se calcula solamente un resultado: alguien se está jugando la posibilidad de obrar bien o mal. La conciencia no elimina esa dificultad, sino que nos obliga a atravesarla. Quizá por eso haya que preservar ciertas pequeñas incomodidades: sostener una conversación sin consultar una pantalla cada vez que aparece un silencio o preguntar a un amigo que nos conoce lo suficiente como para no complacernos.

Yo, desde luego, seguiré utilizando Google Maps. Lo obedeceré, además, con una docilidad que no concedo a casi ninguna autoridad terrestre. Una máquina puede ayudarnos enormemente a vivir. Lo que no puede hacer es responder por nosotros. Puede corregir un resultado, pero no arrepentirse de haber obrado mal.

De ahí que la advertencia de León XIV alcance más lejos que la inteligencia artificial. Habla de una inclinación muy antigua: nuestro deseo de conservar la libertad desprendiéndonos de la responsabilidad, como si ambas pudieran separarse sin que una de ellas dejase de ser lo que era.

La conciencia puede ignorarse, adormecerse o deformarse hasta conseguir que casi nunca moleste. Puede incluso traicionarse. Lo que no puede hacerse es ponerla a nombre de otro.