Tribunas

El silencio de los pupitres

 

Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.


Varios alumnos realizando examen PAU.

 

 

 

 

 

 

A veces un país empieza a hacerse viejo no en sus residencias, sino en sus colegios. Las residencias todavía pueden envolverse en el lenguaje tranquilizador de los cuidados, de la longevidad, de los avances médicos. Un aula vacía, en cambio, tiene algo más desnudo. Donde antes había una mano levantada, una goma mordida, una mochila abierta de cualquier manera con un bocadillo olvidado en el fondo, ahora hay una silla que no espera a nadie.

La noticia es que la educación española ha perdido más de 67.000 alumnos en un curso, una caída parcialmente amortiguada por el aumento del alumnado extranjero. La cifra no habla sólo de matrículas, ratios o unidades escolares, sino de un país que cada vez tiene menos niños a los que enseñar el mundo.

Durante años hemos hablado del futuro como si fuera una agenda de innovación llena de verbos en infinitivo. Transformar, modernizar, impulsar, liderar. Hemos convertido el porvenir en un PowerPoint. Pero el futuro, antes de ser todo eso, tenía una forma mucho más modesta y verdadera: un niño sentado en una silla demasiado grande, aprendiendo a escribir su nombre. Quizá por eso nos cuesta tanto mirar de frente la demografía. Porque no es una estadística, sino una confesión. Nos dice cuánta confianza tenemos en el futuro antes de que empecemos a adornarlo con discursos.

Y es que el futuro nunca ha llegado en formato de plan estratégico. Llega llorando, preguntando cien veces lo mismo, manchando el mantel, pidiendo que le cuenten otra vez el mismo cuento. No viene a confirmar nuestros proyectos, sino a desmentir nuestra pretensión de tenerlo todo bajo control.

De ahí que un colegio que pierde alumnos no pierda sólo alumnos. Pierde esa algarabía desafinada que durante siglos fue la música de fondo de los pueblos, de los barrios. Pierde cumpleaños, excursiones, funciones de Navidad, cartulinas torcidas, patios con rodillas heridas, padres esperando en la puerta, abuelos que recogen nietos como quien rescata una promesa. Un aula con menos niños es un síntoma espiritual. La sociedad puede seguir funcionando, desde luego. Puede reformar aeropuertos, inaugurar rotondas, producir informes y contratar consultores. Pero si en sus escuelas sobra espacio, algo se ha quedado sin destinatario. Lo paradójico es que nunca se habló tanto de educación como ahora. Nunca hubo tantos planes, metodologías, protocolos, plataformas, evaluaciones… tantos proyectos de innovación. Discutimos sobre cómo debe ser el aula del mañana mientras el mañana deja de matricularse.

No se trata de idealizar la infancia, que es una forma cursi de no tomarla en serio. Los niños no son angelitos decorativos ni figuritas sentimentales. Un niño desordena la casa, interrumpe la conversación, obliga a repetir, a esperar, a explicar, a levantarse, a renunciar. Los niños son molestos porque están vivos. Pero una habitación perfectamente recogida puede ser una habitación en la que ya no sucede nada. Además, la ausencia de molestias no es lo mismo que la paz.

Tal vez por eso una sociedad que se ha organizado alrededor de la comodidad y la autonomía termina encontrando a los niños demasiado caros, demasiado ruidosos, demasiado imprevisibles. No lo dice así, naturalmente. Lo dice con palabras más aceptables: conciliación imposible, vivienda inaccesible, precariedad, incertidumbre, carrera profesional, coste de oportunidad. Todas esas razones pesan y no deberían despacharse con ligereza, pero juntas forman una verdad más triste: hemos construido una sociedad en la que traer a alguien al mundo parece casi una temeridad.

Sin embargo, no conviene cargar toda la culpa sobre las familias. El dato revela no tanto que la gente sea necesariamente más egoísta que antes, sino que nuestro suelo se ha estrechado. Se ha encarecido la casa, se ha retrasado la estabilidad, se ha vuelto provisional la familia. Y sin permanencia no hay infancia posible, porque el niño necesita un mundo que prometa quedarse. No una promesa perfecta, ni idílica, ni blindada contra el sufrimiento, pero sí reconocible. Y escasea en esta época, tan diestra en firmar contratos y tan torpe en sostener vínculos.

Cuando todo parece provisional, incluso la vida nueva empieza a parecer una osadía. No hace falta que nadie decida que los niños no son bienvenidos. Basta con organizar los horarios, las viviendas, las carreras profesionales y buena parte de la vida cotidiana como si su llegada fuera siempre una excepción. Sobran entonces en los horarios, en las casas pequeñas, en las carreras profesionales, en los restaurantes, en los trenes, en el silencio obligatorio de los adultos agotados.

Lo inquietante no es la caída de la cifra de alumnos, sino la rapidez con que aprendemos a caminar alrededor del vacío. Uno puede acostumbrarse a los pueblos sin panadería, a los vecinos que ya no se conocen. También puede acostumbrarse a los pupitres vacíos, que tienen una elocuencia extraña. No gritan, no interrumpen, no protestan, precisamente porque les faltan quienes suelen gritar, interrumpir y protestar. Por eso impresionan tanto. Porque se parecen demasiado al silencio que tantas veces hemos pedido.