Tribunas

Amor a la vida

 

 

Ernesto Juliá


Madre con sus hijos.

 

 

 

 

 

Siempre ha habido –y sigue habiendo- en el corazón de los seres humanos, como un aleteo de sorpresa, de admiración, de encanto, ante una nueva vida, y la aventura tan particular que supone ir enderezándola, abriéndole ojos y corazón a tanta realidad bella que ha puesto Dios en el mundo. Así, la vida queda fortalecida para los tiempos duros y difíciles que nos ha tocado vivir, y que, sin duda, no faltarán en el futuro.

Hoy mismo, al regresar a casa atravesando un parque, he visto, no sin cierta emoción, el cariño –y la firmeza- de una madre enseñando a su hija a soltarse de su mano, a caminar sola, en los primeros pasos del andar a pie y en bicicleta sin pedalear. El amor a la vida está enraizado en el núcleo esencial del corazón de mujeres y de hombres. Si esto es así, ¿por qué esta carrera para impedir que esa vida, que es el embrión humano, llegue a ver la luz? ¿por qué esta obstinación de los gobernantes por implantar el aborto?

Porque, en definitiva, éste es el enemigo que tanto pavor causa, y contra quien todos se confabulan: se trata, sencillamente, del “nasciturus”, como decían los tratadistas romanos, el que va a nacer. Ante ese pequeño “enemigo”, las barreras ideológicas desaparecen, y las dictaduras y democracias se aglutinan para defender la misma legislación contra la vida. Si los países comunistas comenzaron utilizando el aborto para planificar la producción económica, también países capitalistas y liberales han seguido el ejemplo de utilizar el aborto como un dato económico más.

¿Por qué se ha producido este fenómeno, que se repite cada año, este holocausto de más de 40 millones de seres humanos abortados? La población de España. Quizá de tanto repetir estas cifras, la conciencia de hombres y mujeres, de mujeres y hombres, se adormece, el oído también se acostumbra, y así la inteligencia no da la mínima importancia a un asesinato en masa como éste.

A mí me cuesta trabajo entender esta especie –séame permitido decirlo, al menos una vez- de “suicidio colectivo”, que están viviendo pueblos y naciones que llamamos “civilizados”, y que da lugar al “invierno demográfico” que padecemos. Estoy convencido de que la vida puede más que la muerte, porque creo en Cristo Resucitado, y considero que el hombre, con los medios técnicos que él mismo ha puesto en marcha, es capaz de alimentar a todas las bocas que lleguen y, a la vez, preparar una vida digna a cada una y acoger con las dos manos una verdadera “primavera demográfica”

Se me hace difícil entender que alguien afirme que el aborto es una de las conquistas de la libertad del siglo XX, y de lo que va del XXI. Si se repasa un poco la historia se ve que los primeros cristianos, entre otras cosas, se distinguían de la sociedad de los siglos I, II, en que no “exponían los fetos. Ni los mataban en el seno de su madre”. En la decadencia del impero romano, la escena es parecida a la actual; y la misma escena se repite en sociedades al borde de la más plena degeneración moral. El aborto, en definitiva, es la manifestación más patente de lo miserable que puede llegar a ser el ser humano.

El aborto no es sólo una “cultura de la muerte”, como a veces se le llama. Es una “cultura del miedo”, de atemorizar para reducir la capacidad del hombre de llevar adelante una vida que es don de Dios: y provocar ese miedo tiene algo de diabólico. Con el aborto, ¿Qué se quiere matar, la alegría de vivir, el sentido de la eternidad? Por eso se prohíbe, y en algunos países incluso se castiga, el que se hable a una madre que quiere abortar, que lo que va a hacer es matar a un ser humano.

Entiendo que algunas personas quizá recurren al aborto al perder de vista el sentido religioso de la vida, la vinculación con Dios de todo ser humano. Y al sentir el peso y el cansancio de vivir, no ven ningún significado en transmitir una herencia solo terrena a sus hijos. Entiendo también que cualquiera de nosotros, en un momento de obsesión, de oscuridad psíquica o anímica, puede llevar a cabo una acción como es el aborto; y si queremos seguir viviendo en paz, no tenemos otro camino que arrepentirnos, y pedir perdón de nuestro pecado.

En el fondo, el aborto es una “conspiración contra la verdad”, que requiere de parte de los que creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador y Redentor nuestro, un nuevo testimonio de amor a la vida humana, a la vida del cuerpo y del alma, que está llamada a ser eterna.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com