Tribunas

El Cardenal Sarah habla claro

 

 

Ernesto Juliá


Cardenal Robert Sarah.

 

 

 

 

 

El Cardenal Sarah ha hablado con una excelente claridad y caridad, en el Parlamento europeo. Invitado a propósito de los acuerdos pendientes entre la Unión Europea y algunos países africanos, el cardenal entra de lleno en la necesidad de emplear un lenguaje claro; y comenzó recordando unas de palabras de León XIV.

“Necesitamos que las palabras vuelvan a expresar de modo inequívoco realidades ciertas. Sólo así puede reanudarse un diálogo auténtico y sin malentendidos”.

Ya de entrada, abre su corazón con estas palabras: “No vengo a ustedes con un discurso de circunstancia, sino con una pregunta que considero decisiva para el futuro de nuestros dos continentes: ¿podemos aún entendernos? Las palabras que usamos –“derechos humanos”, “dignidad”, “desarrollo”, “libertad”, “salud”, “género”, “familia”- ¿significan aún la misma cosa para quienes las pronuncian en Bruselas, en Estrasburgo, en Kampala o en Conakry”.

Para que no quede ninguna duda de lo que está hablando, echa en cara a la Unión Europea, que está usando palabras “no para revelar la realidad, sino para ocultarla o incluso para invertirla. Se habla de «salud sexual y reproductiva» y se entiende, en muchos casos, el acceso al aborto. Se habla de «igualdad de género» y se entiende, a veces, la deconstrucción de la diferencia sexual entre hombre y mujer inscrita en el cuerpo del ser humano. Se habla de «derechos humanos» para los países africanos, y se entiende la imposición de categorías jurídicas ajenas a nuestra historia, a nuestra fe, a nuestra cultura, a nuestra visión antropológica. Si las palabras ya no significan lo que dicen, ¿cómo puede haber un diálogo auténtico? ¿Cómo puede África fiarse de una Europa que habla con palabras equívocas, de doble sentido?”.

Y, a propósito del aborto, que la Unión Europea pretende introducirlo para llevar a cabo su política en África, Sarah subraya: “Vale la pena recordar que el ordenamiento jurídico de muchos países africanos custodia aún, en su propio derecho constitucional, un vínculo explícito entre la dignidad de la persona y tutela de la vida naciente, un vínculo que Europa, en muchos de sus ordenamientos, en cambio, ha cortado”.

“He denunciado en varias ocasiones, y lo repito hoy en esta sede, la voluntad de algunas potencias de imponer falsos valores a través de argumentos políticos y financiaros: en algunos países africanos se han creado verdaderos ministerios dedicados a la teoría del género a cambio de apoyo económico. He recordado también cuando un Secretario General de las Naciones Unidas vino a África a pedir la despenalización de la homosexualidad como condición de civilización, que no se puede imponer a los pobres este género de absurdidades, mientras faltan hospitales, escuelas, agua potable. La pobreza material de África no le quita dignidad, ni el derecho –al contrario, quizá le confiere un título más fuerte- de juzgar por sí misma qué es lo bueno para sus propios hijos”.

Lo que está diciéndoles a los europeos es recordarles que se han olvidado no solo de las raíces cristianas que han hecho posible su existencia, sino también de las leyes naturales: hombre y mujer; familia: mujer y hombre abiertos a la vida; derecho a la vida de concebido no nacido, etc. Les recuerda también las raíces cristianas de África.

“Quizá no sea superfluo recordar, en esta sede, que el cristianismo no es para África una importación reciente ni un residuo del colonialismo europeo, como a veces se insinúa en ciertos ambientes secularizados. Mucho antes de que Europa evangelizara al África subsahariana en la época moderna, el África del Norte y del Cuerno había dado a la Iglesia universal algunos de sus más grandes maestros: Tertuliano, Cipriano, Anastasio y, por encima de todos, Agustín de Hipona, cuya reflexión sobre la fe y la razón ha nutrido durante siglos a la teología y a toda la cultura occidental, incluido, no por casualidad, el mismo Papa Benedicto XVI”.

Y, no solo hace referencia a los políticos de la Unión Europea, tiene también una buena recomendación para la Iglesia de Occidente, y le sugiere “redescubrir en África no un campo misionero al que asistir, sino una fuente viva de fe, de vocaciones, de familias numerosas y gozosas, de las que Europa, envejecida y cansada, tiene mucho que aprender y que recibir”.

Sarah sabía muy bien lo que le estaba diciendo a Europa, y era consciente, además, que los 288 millones de católicos africanos, superan ya en tres millones a los 285 millones de católicos europeos.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com