Tribunas

Con permiso de Ana Palacio, sobre religión y democracia

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Ana Palacio.

 

 

 

 

Si hay un artículo semanal de la prensa española que no me pierdo es el que escribe Ana Palacio en “El Mundo” los sábados. Para quienes quieran estar al día del “desorden” internacional, esta es una estación imprescindible.

Su último texto, titulado “Tocqueville y nuestras democracias cansadas” afronta una cuestión no menor, el papel de la religión en las sociedades democráticas. Lo escribió a propósito de la reunión que la Fundación Tocqueville ha organizado con el tema: “Quel avenir pour la démocratie? Qu'en dirait Tocqueville?

Señala quien fue ministra de Asuntos Exteriores del Reino de España que “el programa desgranaba aspectos fundamentales, como la crisis de confianza entre ciudadanos y gobernantes, la libertad de expresión, la soledad del individuo en la era de internet y el encierro algorítmico, Europa ante la guerra y el Estado de Derecho. Sin embargo, hubo un tema -rara vez abordado en los foros europeos- que pespunteó el diálogo: la religión. No como nostalgia ni como reliquia del pasado, sino como vector decisivo del porvenir de la democracia”.

Es indiscutible que “La democracia en América” es un libro imprescindible para la formación política de los ciudadanos. Recuerda nuestra autora que en Tocqueville “la religión ocupa un lugar central en su pensamiento, como fuerza que recuerda al individuo que no se basta a sí mismo; que una comunidad política no puede vivir sólo de intereses y derechos subjetivos. Tocqueville analizó cómo la práctica del cristianismo en el nuevo mundo no anulaba la libertad; la contenía, la orientaba, le daba suelo moral. Impedía que la igualdad degenerara en aislamiento y que la autonomía se confundiera con indiferencia hacia los demás”.

En el actual escenario, leemos, “la existencia digital y la inteligencia artificial multiplican contactos, pero no necesariamente vínculos; aportan conocimiento, pero no siempre juicio; pueden ampliar la autonomía y empobrecer la experiencia comunitaria. En ese vacío, la religión aparece instilando al ser humano que no está solo en el mundo ni se agota en sus preferencias”.

Por lo tanto, “no asistimos -escribe Ana Isabel del Palacio- a un regreso limpio de la religión a la arena pública, sino a su resurgimiento en un mundo donde las potencias disputan territorios y mercados, pero también relatos, pertenencias y legitimidades”, “por eso la religión retorna a la conversación democrática. No para mandar sobre la política, sino porque obliga a nuestras sociedades a formular preguntas que evitan: qué veneran, qué transmiten y qué están dispuestas a defender. Tocqueville vio que la libertad no sobrevive cuando el individuo queda solo ante el Estado, el mercado o sus propias pasiones”.

Leyendo este amplio texto recordé el reciente discurso de Léon XIV en el Congreso. Es evidente que a la reflexión sobre el papel de la religión en las democracias ese parlamento papal da una adecuada respuesta.

Hace unos días el cardenal Rouco calificó el discurso de León XIV en el parlamento español como una “obra maestra” de la concepción ética del Estado.

Yo me pregunto, ¿qué está haciendo la política española con el discurso del Papa a ella dirigida? ¿Qué están haciendo los políticos? ¿Qué están haciendo los obispos? ¿Qué estamos haciendo los fieles laicos interesados en esta materia?

 

 

José Francisco Serrano Oceja