Tribunas

El país de las colas

 

Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.


Colas.

 

 

 

 

 

 

Últimamente España no deja de hacer colas. Las hace en los aeropuertos, en los centros de salud, en las comisarías, en las oficinas públicas y, cada vez más, también delante de una pantalla esperando una cita que nunca termina de llegar.

No es algo nuevo, aunque cuesta resignarse a ellas. Resultan tediosas, pero precisamente por eso acaban siendo reveladoras: pocas cosas dicen tanto de una sociedad como aquello que la incomoda sin saber muy bien por qué.

Para empezar, como casi todo lo importante, las colas se aprenden. Uno llega, mira alrededor, calcula quién estaba antes, quién duda, quién parece disimular, y se coloca. A partir de ahí empieza una especie de ritual hecho de pequeños gestos: avanzar medio paso, dejar pasar, sostener la posición con una firmeza discreta.

Lo curioso es que las colas se hacen visibles de verdad cuando alguien intenta romperlas. Mientras fluyen lentamente, son casi invisibles. Pero basta una mínima alteración para que aparezca algo parecido a una conciencia colectiva. Personas absortas en su móvil recuperan de pronto una memoria prodigiosa. Recuerdan quién llegó antes, quién se ausentó un momento y quién acaba de incorporarse con sospechosa naturalidad. Hay en las colas una mezcla curiosa de fragilidad y defensa inmediata. Quizá por eso funcionan.

Siempre hay alguien que intenta acercarse sin que se note. No se cuela de forma brusca —eso sería casi honesto—, sino que negocia con la situación: pregunta, se queda cerca, espera que las circunstancias propicien lo que no se atreve a hacer abiertamente. También está quien asume, sin haberlo pedido, la función de custodio del orden —la autoridad, cuando nace así, suele parecer menos una imposición que un servicio— y que, llegado el momento, señala con exactitud quién estaba antes y quién después.

La cola produce estos personajes espontáneamente. Y funciona así. Nadie ha redactado sus estatutos ni aprobado sus reglamentos y, sin embargo, su crisis se reconoce de inmediato. No hace falta votarla; basta con que personas que no se conocen, que no comparten intereses ni afectos, acepten que hay un orden que no depende de cada cual. Un orden que nadie ha escrito, pero que todos vigilan.

Parece poca cosa. Pero no lo es. La cola no es sólo un sistema de espera, sino una forma muy básica de recordar que el mundo no empieza en nosotros.

Por eso constituye una de las formas más elementales de igualdad, esa que tanto se invoca y poco se aterriza. Durante unos minutos, desaparecen diferencias que en otros ámbitos resultan decisivas. No importa demasiado quién es uno, cuánto gana, qué cargo ocupa o cuántas prisas tiene.

Además, en una época que ha convertido casi todo en elecciones personales —se eligen hasta las noticias que te saltan al móvil— la cola introduce una resistencia elemental. Así, recuerda también que la sociedad no está organizada alrededor de nuestras preferencias y que no todo nos corresponde por el mero hecho de desearlo. Hay una realidad que no se adapta al usuario.

Por eso no extraña que proliferen los mecanismos destinados a evitarla. Las aplicaciones prometen eliminarla, los servicios premium permiten esquivarla y las administraciones la sustituyen por sistemas de cita previa que, con frecuencia, no son más que colas invisibles.

Pero el problema no es la espera. La espera siempre ha formado parte de la vida: se esperaba una cosecha, una carta, el regreso de alguien querido. Es verdad que habitamos una sociedad diseñada para reducir toda demora (compramos con un clic, obtenemos respuestas instantáneas y exigimos que los servicios se adapten a nuestros horarios), pero la cola no mide tiempo, sino precedencia. Y por eso desazona: no nos dice cuánto falta, sino dónde estamos.

Conviene, sin embargo, no idealizarla. Hay colas que no expresan ninguna virtud cívica, sino simplemente una organización deficiente. Cuando una administración obliga a perder una mañana para resolver un trámite que podría haberse resuelto en unos minutos, el problema ya no es aceptar que otros llegaron antes, sino preguntarse por qué el servicio funciona así. La virtud de esperar no debería convertirse en la coartada de la ineficiencia.

Pero una cosa no invalida la otra. Incluso cuando la espera resulta excesiva, la cola sigue recordando un principio de justicia muy básico: que el turno no depende del dinero, de la influencia ni de la impaciencia, sino de un criterio compartido que todos pueden reconocer. Lo criticable no es el orden de precedencia, sino que la espera sea innecesariamente larga.

Esa aceptación, tan elemental, resulta cada vez más difícil en una época que confunde con frecuencia la libertad con la eliminación de cualquier obstáculo. Sorprendería escuchar en una fila debates sobre justicia o filosofía política. Y, aun así, esta escena cotidiana expresa con claridad que convivir significa aceptar que no siempre somos los primeros, que existen reglas anteriores a nuestra voluntad, que hay otras personas.

Con todo, lo más extraordinario es que no hace falta heroísmo para sostener estas ideas tan elementales. Basta un gesto mínimo, un paso atrás, un «va usted primero», una renuncia sin dramatismo.

En este punto, las colas pasan de ser tediosas a casi esperanzadoras. A veces se tiene la impresión de que una sociedad se juega únicamente en sus grandes debates públicos. Pero también se juega en lugares mucho más modestos. Aunque resulten ingratos.