La fuerza cultural del psicologismo
23/05/2026 | por Grupo Areópago
Hace ya algunas décadas que en contextos sociológicos americanos comenzó a hablarse de la sociedad terapéutica. Con esta expresión se definía una nueva manera de vivir y sentir la realidad partiendo, no de las exigencias y responsabilidades sociales de las personas, sino más bien de sus exigencias emocionales. Los fuertes vientos culturales y sociales americanos han dejado su influencia en todo el ámbito occidental, incluido nuestro país. Este cambio de mentalidad hunde sus raíces en la entronización social del individualismo utilitario que propició la modernidad ilustrada y ha culminado con su realización práctica en la posmodernidad con lo que algunos sociólogos han llamado “cultura del yo” (Helena Béjar -1993), o “sociedad de vivencias” (Gerhard Schulze -1992). Este fenómeno sociocultural ha hecho posible que en nuestra sociedad actual el sentido de la vida se busque más a través de experiencias vitales realizadas para gratificación individual inmediata, que a través de acciones transformadoras y compromiso ético por una sociedad más justa. Este cambio cultural analizado desde una perspectiva antropológica representa en la vida cotidiana de las personas un cambio de mentalidad de grandes consecuencias para la construcción de esta nueva sociedad de cambio que estamos viviendo: ¡Qué diferente es preguntarnos en la búsqueda de nuestro sentido de la vida por cómo me encuentro anímicamente en cada momento y cuál es mi estado emocional para conseguir que siempre sea placentero, o preguntarnos por la responsabilidad ética de nuestros actos para el crecimiento personal y para la construcción y configuración de la sociedad buena. Lo emocional se ha impuesto sobre lo ético; la “cuestión psicológica” es lo primordial para nuestras vidas. Sin duda, en este nuevo estilo de vida se encuentran las causas de la desafiliación que experimentan las asociaciones políticas, culturales o religiosas en la actualidad, el absentismo y la despreocupación por lo social, o la desaparición práctica de la idea de “militancia” como constructo social; sin olvidar otros modos que propician provisionalidad en las relaciones afectivas, el narcisismo latente, o el consumismo como nueva religión.
Este énfasis en lo emocional no es ajeno hoy al ámbito de lo religioso, Se percibe cómo la eficacia terapéutica de la religión se sobrevalora por encima de sus exigencias dogmáticas y éticas. Hoy día la sed religiosa de muchos se configura como búsqueda espiritual que genera bienestar emocional en una sociedad cargada de miedos, angustia y frustración. La vida de oración y meditación se mide básicamente por demandas del yo y no por criterios referenciales institucionalizados. En muchos contextos, la religión ha perdido la fuerza que tuvo en otros tiempos como factor sociopolítico y de presencia pública desde una perspectiva de misión, sustituida por nuevas formas en las que prima la autorrealización personal y la búsqueda espiritual intimista y experiencial con valor terapéutico. Buscar la conjunción de la relación -muchas veces conflictiva- entre la interioridad y la exterioridad en la experiencia religiosa es tarea que exige discernimiento. La religión y en concreto la fe cristiana no puede prescindir de la mística del encuentro con lo divino, pero tampoco de su dimensión social como religión encarnada. La comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española, en una nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe han advertido del riesgo “de un reduccionismo ‘emotivista’ de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual”. Sin duda una importante nota para ayudar a la reflexión sobre estas nuevas experiencias y evitar que representen “un obstáculo para el crecimiento espiritual” en lo religioso y para la educación y crecimiento integral de cualquier persona.
GRUPO AREÓPAGO