Tribunas

El becerro luminoso

 

Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.


Donald Trump.

 

 

 

 

 

 

Antes, incluso quienes decían no creer, sabían que el sacrilegio era un territorio peligroso; y no porque Dios sea frágil, sino porque el hombre lo es. Se entendía también que la blasfemia no era sólo un gesto, sino un hábito. Hay actos que, repetidos, no se limitan a expresar una actitud: la fabrican. Lo que hoy se llama «provocación» acaba siendo un modo de mirar.

Por eso conviene tomarse en serio un fenómeno que muchos despachan como mero barullo de redes: imágenes producidas con facilidad, difundidas con velocidad, que imitan los códigos de lo sacro para colocar sobre un rostro humano una promesa que no le corresponde. No se trata de una discusión estética, ni de una cuestión de gustos. Se trata, sencillamente, de qué ocurre cuando el símbolo se desprende de la verdad y se entrega a la utilidad.

Alguien dirá que no es para tanto, pero quien conoce la potencia del símbolo sabe también de sus fronteras. Un icono no es un ídolo. El icono remite; el ídolo absorbe. El icono abre la mirada hacia un misterio; el ídolo la captura. Esa diferencia —que a la mentalidad apresurada le parece una minucia de especialistas— decide, en realidad, si vivimos orientados o administrados por la fascinación.

De ahí que el problema no sea que haya políticos o publicistas que jueguen con estampas religiosas. Lo preocupante es que lo hacen creyendo que lo sagrado es un recurso disponible: un color en la paleta, un filtro útil para convertir el mando en «misión». Con ese gesto, el símbolo deja de señalar algo fuera de sí y se convierte en un mecanismo para fabricar docilidad.

Eso ocurre a parte de la política contemporánea, que no se limita a discutir programas: busca gobernar imaginarios. Lo que se disputa no es sólo el poder de gobernar, sino el poder de presentarse como salvación. Y cuando el lenguaje de la salvación se rebaja hasta volverse un truco visual, la verdad empieza a confundirse con su efecto.

Pero el cristianismo es, precisamente, una resistencia a ese atajo. En su lenguaje, la redención no es una estética: es una cruz. Y por eso la fe cristiana no puede aceptar sin consecuencias la sustitución más típica del mundo-espectáculo: el paso de lo real a lo rentable, de lo verdadero a lo verosímil, de lo santo a lo funcional.

Conviene recordar, por tanto, algo que hoy se olvida tantas veces: lo sagrado no es un instrumento disponible. No se usa lo sagrado como quien toma un color para un cartel. Si se usa, se degrada; y, al degradarlo, nos degradamos. Y esto —como decíamos antes— no porque Dios sea frágil, sino porque el hombre sí lo es. El hombre se parece demasiado a lo que adora. Si adora el éxito, se volverá cínico; si adora la imagen, se volverá superficial; si adora el poder, se volverá servil. La idolatría no sólo ofende a Dios: deforma al adorador.

De ahí la relevancia de la palabra de la Iglesia cuando se niega a bendecir automáticamente operaciones de propaganda. No porque quiera ocupar el lugar de los gobiernos, sino porque forma parte de su misión —cuando es fiel a sí misma— recordar que existen límites que no se votan ni se viralizan. Hay cosas que no se vuelven justas por la suma de apoyos.

A veces se acusa a la Iglesia de «meterse en política» cuando recuerda la dignidad de la vida humana o cuando advierte contra la instrumentalización de la fe. Sin embargo, lo extraño sería lo contrario: que, teniendo un lenguaje sobre lo verdadero, callara justo cuando lo verdadero se ve amenazado. La Iglesia, cuando habla así, no entra como actor que compite por el foco, sino como testigo que responde ante otra instancia. Y un testigo es, por definición, incómodo.

No se trata, en suma, de defender un decorado religioso contra bromas o irreverencias: se trata de defender al hombre contra el tipo de hechizo que lo vuelve administrable. Porque el becerro ya no es de oro, es luminoso. Seduce con su resplandor instantáneo. Y si no se lo nombra por lo que es, acabará pidiendo aquello que todo ídolo termina exigiendo: la entrega de la conciencia.