Opinión
17/03/2026
Las noches de San José
José María Alsina Casanova
Han transcurrido varios años desde que recibí el curso sobre virtudes teologales durante mi formación teológica en el Seminario. No olvido aquellas clases magistrales del jesuita P. Cándido Pozo, quien desgranaba punto por punto las notas de cada una de las virtudes infusas. Al llegar a la virtud de la fe, quedé sorprendido: la fe es una virtud sobrenatural, cierta, libre, razonable, operativa, capaz de crecer… y oscura. Nunca me había detenido a pensar que la fe pudiera ser oscura.
La tradición espiritual cristiana ha profundizado en esta oscuridad de la fe, guiada especialmente por el magisterio de los santos y de los místicos. San Juan de la Cruz, cuyo año jubilar celebramos con motivo de los 300 años de su canonización y los 100 de su proclamación como Doctor de la Iglesia, describió de manera única la experiencia interior de las noches. Para él, la noche oscura es la experiencia del silencio de Dios, cuando todo parece incierto; es la hora de la fe en la que aprendemos a caminar únicamente por la confianza en el Todopoderoso.
Sin embargo, mucho antes de que el místico carmelita pusiera palabras a este misterio, un gran santo lo vivió en medio del silencio: San José. Podríamos decir que la vida de José estuvo envuelta en estas noches, en las que Dios fue moldeando su corazón de “padre en la sombra”, invitándolo al abandono confiado a sus planes providentes.
Pensemos en la noche en que descubrió que María esperaba un hijo, en la noche del nacimiento del Niño Dios en Belén o en la noche del traslado y huida de la familia a Egipto. ¡En medio de la profundidad de estas noches encontramos tanto silencio interior, abandono confiado, sentido de responsabilidad y fidelidad a lo que Dios pedía al humilde carpintero de Nazaret! José avanzó por su camino sin comprender muchas cosas. San Juan de la Cruz nos recuerda que, en esas noches, Dios conduce al alma por caminos que la inteligencia no alcanza.
Por eso, muchos cristianos vemos en San José un compañero para las “noches” de nuestro tiempo. Hace unos años peregriné al pequeño pueblo francés de Cotignac, a un santuario dedicado a San José, erigido en honor y recuerdo de una aparición del santo patriarca. Allí encontré una verdadera “luz en la noche”. Los hechos que se conmemoran allí sucedieron en el año 1660.
Un joven pastor llamado Gaspard Ricard cuidaba su rebaño bajo un sol abrasador. Sin agua y agotado, pensó que moriría de sed. Entonces se le apareció un hombre que le señaló una gran roca y le pidió que la levantara. El joven respondió que era demasiado pesada, pero el misterioso visitante insistió: «Yo te ayudaré». Cuando Ricard movió la roca, brotó un manantial de agua fresca que aún hoy existe. Más tarde comprendió que aquel hombre era San José.
La luz de Cotignac se convierte en una enseñanza que ilumina nuestro camino en la noche. Cuando el hombre llega al límite de sus fuerzas, San José aparece discretamente para ayudarle a levantar la piedra que parecía imposible de mover. Así actúa también en la vida espiritual: no siempre elimina la noche, pero ayuda a atravesarla.
No es casualidad que la Iglesia lo presente como padre y protector en tiempos difíciles. Nuestra historia, en efecto, atraviesa también sus momentos de oscuridad: incertidumbre, crisis de fe, pérdida de identidad y referencias, tantas preguntas en el corazón del hombre de hoy que parecen no encontrar respuesta. En esas circunstancias, el ejemplo de José nos recuerda que la fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en permanecer fiel, esperando que sea Dios quien, en el silencio de la noche, transforme nuestra inquietud en abandono y confianza.
Toda la historia de la salvación nos ofrece esta potente luz: las “noches de Dios” nunca son el final del camino. Esas noches anuncian, y así nos lo enseña San José, un nuevo amanecer.