Colaboraciones
La Virgen María murió verdaderamente
15 agosto, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez

Según G. Alastruey (Tratado de la Virgen Santísima, BAC, Madrid 1945, pp. 405 y siguientes), por solo citar a uno de los más relevantes mariólogos, la verdadera doctrina (que debe tenerse «como teológicamente ciertísima») es que la Virgen María murió verdaderamente.
Esta es la sentencia más firme y que tiene el aval de una segura tradición tanto latina como griega, incluso con autores ortodoxos (san Agustín, san Juan Damasceno, san Andrés de Creta, san Juan de Tesalónica, Nicolás Cabasilas, etc.).
Lo mismo dice la tradición litúrgica.
Las razones teológicas que se dan al respecto son:
1) Convenía que María, para conformarse con su Hijo, padeciera la muerte, y así por la muerte pasara a la gloria, a fin de que no pareciera de mejor condición la Madre que el Hijo.
2) La verdad de la Encarnación se corrobora más por la muerte de María; pues si convenía que Cristo muriera para confirmar la fe de la Encarnación, y así no se dudara de que era hombre verdadero, igualmente convenía que muriera su Madre, para que no se pensase que había nacido de mujer inmortal.
3) Además la Virgen fue constituida por Dios cooperadora en la obra de la Redención humana. Mas porque la obra de la redención del género humano se llevó a cabo por la muerte de Cristo, así convenía que la Virgen se asociara a su muerte.
4) Como dice San Pedro Canisio: para consuelo nuestro cuando nos toque el duro trance de la nuestra muerte.
¿De qué género de muerte murió la Virgen Santísima? La Virgen no murió ni por martirio ni por muerte violenta; tampoco de enfermedad o vejez. Los teólogos afirman comúnmente que la Virgen murió a causa del ardoroso amor de Dios y del vehemente deseo y contemplación intensísima de las cosas celestiales. Así sostuvieron san Jerónimo, el abad Guerrico, san Alberto Magno, Dionisio el Cartujano, santo Tomás de Villanueva, Bossuet, etc.
En cambio, la Virgen María no estuvo sujeta a la corrupción del sepulcro. Esto es tradición unánime de la Iglesia. San Andrés de Creta dice: «Como no se corrompió el útero de la que dio a luz, así ni la carne de la que murió... El parto eludió la corrupción, y el sepulcro no admitió la extrema corrupción de la muerte». Y santo Tomás de Villanueva: «No es justo que sufra corrupción aquel cuerpo que no estuvo sujeto a ninguna concupiscencia».
La doctrina teológicamente más segura y firme sostiene que la Santísima Virgen María sí murió verdaderamente antes de ser asunta al cielo, un acontecimiento conocido tradicionalmente como la «Dormición» o tránsito de María.
Teólogos y mariólogos señalan que la muerte de María se considera teológicamente ciertísima, respaldada por la tradición de las iglesias tanto latina como griega.
Causa por amor: diversos santos y autores espirituales (como san Alberto Magno y san Francisco de Sales) sugieren que María no falleció por vejez extrema, enfermedad o violencia, sino a causa de un ardentísimo e insuperable amor a Dios.
Asunción en cuerpo y alma: aunque experimentó la muerte física al igual que su hijo Jesús, su cuerpo no sufrió la corrupción del sepulcro y fue glorificadamente elevado al cielo.
La Basílica de la Dormición se encuentra en el monte Sión, es decir, la colina que se encuentra en el extremo suroccidental de la Ciudad Santa y que recibió ese nombre en época cristiana. Allí, alrededor del Cenáculo, nació la primitiva Iglesia; y allí, durante la segunda mitad del siglo IV, se construyó una gran basílica, llamada Santa Sión y considerada la madre de todas las iglesias.
La Tumba de María se halla en el cauce del torrente Cedrón, en Getsemaní, unas decenas de metros al norte de la basílica de la Agonía y del huerto de los Olivos. Recibe también el nombre de iglesia de la Asunción por los cristianos ortodoxos griegos y armenios, que comparten la propiedad, y por los sirios, coptos y etíopes, que detentan algunos derechos sobre el sitio.
Sobre la conclusión de la vida terrena de María, el Concilio cita las palabras de la bula de definición del dogma de la Asunción y afirma: «La Virgen inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo» (Lumen gentium, 59). Con esta fórmula, la constitución dogmática Lumen gentium, siguiendo a Pío XII, no se pronuncia sobre la cuestión de la muerte de María. Sin embargo, Pío XII no pretendió negar el hecho de la muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios.
¿Es posible que María de Nazaret experimentó en su carne el drama de la muerte? Reflexionando en el destino de María y en su relación con su Hijo divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre.
Es verdad que en la Revelación la muerte se presenta como castigo del pecado. Sin embargo, el hecho de que la Iglesia proclame a María liberada del pecado original por singular privilegio divino no lleva a concluir que recibió también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado y transformándola en instrumento de salvación.
Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una «dormición».
El 1 de noviembre de 1950, el venerable Papa Pío XII proclamó como dogma que la Virgen María «terminado el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial».
Para Juan Pablo II (2-julio-97), «el dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio».