Colaboraciones
Verdad y libertad
13 julio, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
«La verdad nos hace libres» (Juan 8, 32), significa que la verdadera libertad no es hacer lo que uno quiere sin límites, sino la capacidad de autodeterminarse hacia el bien. Esta verdad es Jesucristo y su doctrina, lo que libera al hombre del pecado, de la ignorancia y del relativismo.
La verdadera libertad consiste en adherirse a la verdad: «La verdad los hará libres». «Si el Hijo nos libra seremos verdaderamente libres». La libertad es la afirmación del hombre no en sí mismo sino en Aquel que lo pronuncia de forma total y plena.
Buscar cada día la verdad de Jesús, Rey del Universo, que nos libera de las esclavitudes terrenas y nos enseña a gobernar nuestros vicios.
Jesús nos lo advierte para que no nos hagamos esclavos del pecado, sino que como la Virgen seamos fieles a Dios, que en cada momento nos pide nuestra libre y generosa disponibilidad para cumplir su Voluntad.
Muchos de nuestros contemporáneos son hombres superficiales, que no tienen ideas personales, que orienten con fuerza su vida. Por eso, van por la vida sin rumbo, desorientados, según el viento de la moda o de la opinión. Para ellos, no hay prohibiciones ni limitaciones. Y caen en el permisivismo: todo está permitido. Y de aquí surge en ellos el relativismo, que es hija natural del permisivismo. Todo es relativo, cualquier cosa puede ser buena o mala, positiva o negativa, depende. Lo único absoluto es que todo es relativo. Y se llega al escepticismo, a dudar de todo, y viene la tolerancia total y la indiferencia pura, porque si no podemos tener certezas seguras, entonces hay que vivir intensamente y a todo placer, a como dé lugar. Es la civilización light, que evita todo esfuerzo y sacrificio. Es el hombre «deshombrecido», como diría Quevedo, que se hace menos hombre al alejarse de Dios y encerrarse en un egoísmo brutal, que se olvida de los demás.
Para ellos, lo que otros llaman verdad es solo una opinión más. Lo único que vale es la libertad: pensar, hablar, obrar y creer, de acuerdo a lo que cada uno considere lo mejor.
Algunos han llegado a exaltar la libertad hasta el punto de considerarla como norma absoluta y fuente de los valores. De este modo, solo la conciencia personal tendría el derecho de decidir sobre lo que es bueno y malo. «Lo que es bueno para mí es bueno para todos». Pero cada uno tiene la obligación de buscar la verdad objetiva, que es válida, no solo para mí, sino para todos los hombres. Porque hay principios fundamentales, que son universales e inmutables. Así como hay actos intrínsecamente malos, malos de por sí, independientemente de las circunstancias. Una obra mala no se hace buena por hacerlo por un fin bueno, por ejemplo, robar para dárselo a los pobres. «Algunos dicen: hagamos el mal para que venga el bien. Estos bien merecen la propia condena» (VS 78). «Solo las acciones que están conformes al bien, al verdadero bien del hombre, conducen a la vida» (VS 72). El fin no justifica los medios.
Por eso, es tan importante que nuestra libertad se base en la verdad, ya que como dice Jesús: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32).
Lamentablemente, muchos hombres actuales desconfían de encontrar la verdad, porque esta ha sido, con frecuencia, presentada con dogmatismo, intolerancia o fanatismo. Por eso, no creen en una verdad absoluta, sino en una verdad relativa, la que emana de las urnas y se convierte en ley por el poder de los votos. Pero esta verdad, periódicamente cambiante en cada consulta electoral, no puede satisfacer el corazón humano que busca razones firmes y seguras en que anclar la propia existencia. La verdad debe ser eterna y para todos. La verdad no puede ser fruto del consenso de la mayoría, pues, de este modo, podrían justificarse los más graves errores y crímenes contra la humanidad como el aborto. Tampoco podemos aceptar, con algunas filosofías del escepticismo o del nihilismo, que no se puede llegar a conocer nunca la verdad, que somos demasiado pequeños para llegar a estar seguros de lo que es la verdad definitiva. Esto llevaría también a decir que no se pueden asumir compromisos totales y definitivos, como si el hombre fuera un ser provisional, «vivir al día»; porque lo que hoy dicen que es bueno o verdadero, mañana pueden decir que es malo y falso. NO, hay que decirles a estos seguidores de la nada y del absurdo que Dios es VERDAD, que es LUZ, que es AMOR y Él, con su sabiduría infinita, nos ha creado y nos enseña la verdad definitiva para que no nos equivoquemos y podamos vivir para la eternidad.
Por eso, ha puesto en nuestros corazones la ley natural que Él mismo ha escrito en nuestra naturaleza y que a través de nuestra conciencia, nos dice lo que nos conviene para nuestra realización personal. Y esto es lo mismo para todos los seres humanos. Podemos decir que la ley natural es la voz de Dios, que llega a nosotros a través del entendimiento o de la conciencia. Esta ley natural es la base y fundamento de la Moral y de los derechos humanos fundamentales para todos los hombres, aunque la conciencia o conocimiento de esta ley natural pueda ser mal interpretada en algunos, por efecto de sus pecados, cultura o educación.
Hay, pues, que buscar con ahínco la verdad y el bien en nuestra vida. Dios nos habla a través de nuestra conciencia. Sus mandamientos no son órdenes caprichosas, sino señales para que no equivoquemos el camino.
Solamente la verdad, que Dios nos enseña, nos dará la verdadera libertad, para llegar a ser hombres auténticos, plenamente humanos, llenos de luz y de amor.
Decía Blas Pascal: «Cuando considero la escasa duración de mi vida absorbida en la eternidad, que la precede y que la sigue, el pequeño espacio que lleno y que veo, hundido en la infinita inmensidad de los espacios, que ignoro y que me ignoran, me estremezco y me asombro de verme aquí y no allí. Porque no hay razón alguna para estar aquí y no allí, para existir ahora y no en otro momento. ¿Quién me ha puesto aquí?, ¿por orden y mandato de quién me ha sido asignado este lugar y este tiempo?, ¿por qué está limitado mi conocimiento?, ¿mi estatura?, ¿mi duración a cien años y no a mil?, ¿qué razón ha tenido la naturaleza para darme lo que tengo y no otra cosa? Son preguntas que desde siempre han torturado al ser humano y que los filósofos con la sola luz de la razón todavía siguen contestando. ¿Quién soy yo?, ¿a dónde voy y de dónde vengo?, ¿qué hay después de la vida?».
La respuesta será diferente según se acepte o no a Dios. Si Dios no existe, y la vida humana no es un don de Dios, entonces, lógicamente, el ser humano no es más que un ser viviente en la inmensidad del Universo, un organismo, que, a lo sumo, ha alcanzado un grado de perfección más elevado. Y la vida humana será solamente una «cosa», que es de su exclusiva propiedad y puede manipularla y manejarla a su gusto y capricho. Por eso, cuando se oscurece el sentido de Dios, se cae fácilmente en el materialismo brutal, que es el caldo de cultivo para el egoísmo y la búsqueda descontrolada del placer a cualquier precio.
Debemos admitir que el ser humano solo tiene sentido en Dios, por Dios y para Dios. De ahí le viene su grandeza, como hijo de Dios, y la raíz de todos sus derechos y deberes como persona humana. Visto así, el hombre es la obra más hermosa de la creación. No hay en la inmensidad impensable del Cosmos un ser más fascinante que el ser humano. Es su creación más fina.