Colaboraciones

 

Madurez humana

 

 

 

04 mayo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La cultura popular suele atribuir a la madurez elementos que no corresponden a su verdadera naturaleza. Hay tres mitos, en especial, entrelazados con las nociones modernas de madurez: invulnerabilidad, infalibilidad, e inflexibilidad.

 

La madurez no es invulnerabilidad

Nuestra sociedad presenta a veces la madurez como si fuese una cierta inmunidad de toda tentación o maldad, como si lo bueno y lo malo fuesen cosas de niños. Los adultos suelen pensar que ya están «más allá del bien y del mal». Basta pensar en los carteles colocados en las salas de cine o en los periódicos que anuncian espectáculos «Solo para personas adultas». La verdad, por supuesto, es todo lo contrario. Un adulto es maduro precisamente porque no necesita que nadie le diga que debe obrar el bien y evitar el mal. Actúa según sus convicciones personales y su recta conciencia. Una persona madura reconoce sus debilidades. Evita las ocasiones que pueden conducirlo al mal y busca las oportunidades para hacer el bien. Como diría Alexander Pope: «Los necios corren allí donde los ángeles no se atreven ni a pisar». Pensar que la madurez es invulnerabilidad equivale a decir que una persona no puede hacerse daño con una sierra eléctrica simplemente porque es madura. El adulto es capaz de usar herramientas peligrosas de alto poder precisamente porque está alerta ante el peligro y toma las precauciones necesarias para evitar cualquier accidente.



El segundo error es el de concebir la madurez como infalibilidad

Madurez no significa posesión de todas las respuestas. Nada más lejos de la realidad. Sócrates afirmó que el hombre sabio es aquél que reconoce su propia ignorancia. Mientras más madura es una persona, reconoce con mayor humildad sus límites. «La humildad —como decía santa Teresa de Jesús— es la verdad». Ni más ni menos. Y la verdad es que todos podemos equivocarnos. La persona madura reconoce sus debilidades y no se precipita en sus juicios. Pondera, estudia, consulta y decide con prudencia.



El tercer error consiste en asociar la madurez con la inflexibilidad

Algunos, equivocadamente, creen que la madurez consiste en una seriedad impasible y en una perpetua rigidez, como si el reír, el gozar de las cosas sencillas y el saber relativizar los problemas fuesen signos de inmadurez. Lo hermoso de la madurez es su armonía. Saber reír, conversar, apreciar a los demás, admirar las maravillas de la naturaleza son capacidades humanas bellísimas y forman parte de la madurez.

La persona verdaderamente madura sabe cuándo es tiempo de ponerse serio y cuándo de tomar las cosas con tranquilidad; no lleva su vida con superficialidad sino guiada por principios claros. El capítulo tercero del Eclesiastés nos ofrece una excelente sinopsis del equilibrio que es fruto de la madurez: «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: su tiempo el nacer, y su tiempo el morir... su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar... su tiempo el llorar, y su tiempo el reír... su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar... su tiempo el callar, y su tiempo el hablar...». Madurez significa tener la capacidad para discernir entre un tiempo y otro, y para saber lo que conviene en cada ocasión.

En el sentido más amplio, «madurez» significa cumplimiento o perfección de nuestra naturaleza, el punto más alto de un proceso de crecimiento y desarrollo. Se trata de un proceso unidireccional, progresivo, no de un simple cambio. El proceso de maduración es un recorrido que culmina en la adquisición de todo aquello que una planta, un animal o un hombre debería ser. Un perro es «más perro» cuando llega a la cumbre de su desarrollo, a su «madurez». Hasta entonces había sido un «cachorro», más tarde será un «perro viejo», de esos que ya no aprenden nuevos trucos. En este sentido la madurez se puede aplicar a las plantas, a los animales, a las personas, incluso a los vinos, a todo lo que se somete a un desarrollo orgánico. Esta definición vale también para la naturaleza física del hombre. Un niño crece hasta que alcanza la madurez; después el cuerpo empieza a deteriorarse. Pero a diferencia de las manzanas y de los osos pardos, el hombre tiene también una naturaleza espiritual, y aquí adquiere la madurez su dimensión propiamente humana, del todo única. En las cosas meramente materiales, la madurez es un fenómeno estrictamente físico; la madurez humana, en cambio, es física, emocional, psicológica y espiritual.

En otro distinto enfoque se entiende por madurez la transformación de las normas y reglas externas en convicciones y principios internos. Este proceso de asimilación se irá dando de forma consciente y libre en la medida en que la persona aprenda gradualmente a reconocer y apreciar ciertos valores. Los niños necesitan que se les vigile, incluso a veces, que se les obligue de alguna manera, para que hagan la tarea o vayan a misa los domingos. Aún no son capaces de comprender el porqué de muchas cosas ni ven la necesidad de sacrificar un placer inmediato en vistas de un mejor futuro. Estas son cualidades propias de un adulto. Del mismo modo, un adolescente que se fuga del colegio y desperdicia su tiempo, que no sigue un programa de estudios, olvida la moral y se deja llevar por sus pasiones y tendencias «naturales», no puede considerarse maduro. Para el que es maduro no importa quién le esté mirando, ni qué están haciendo o dejando de hacer sus amigos, ni qué dirán los demás. Él lleva las riendas de su vida, siguiendo los principios y las convicciones que él mismo, libremente, ha hecho suyos.

La madurez humana, en su sentido pleno, consiste en la armonía de la persona. Más que una cualidad aislada, es un estado que consiste en la integración de muchas y muy diversas cualidades; es un compendio de valores más que un solo valor. Podemos comparar la madurez con una obra de arte, con un cuadro de Rembrandt o de Velázquez. Los colores se combinan perfectamente. Todo está en su punto: las líneas, las figuras y las formas, la proporción y la perspectiva. Cada pincelada tiene su valor y cada color resulta indispensable para completar y perfeccionar la obra.

Lo mismo sucede con la madurez. Es armonía y proporción, es combinación e integración de cualidades humanas muy diversas en un conjunto orgánico: voluntad, intelecto, emociones, memoria e imaginación; todas las facultades de una persona humana. Pero no basta que estén presentes todos estos elementos; tiene que haber orden y una armonía entre ellos. Sobre la paleta del artista descansan todos los colores, pero no por eso forman una obra de arte. Esta armonía se traduce en la correspondencia perfecta entre lo que uno es y lo que uno profesa ser, y su expresión más convincente es la fidelidad a los propios compromisos. En una persona madura no hay lugar ni para la hipocresía ni para la insinceridad.

El Concilio Vaticano II en la Optatam totius, nº 11, se nos resume la madurez de una persona en tres aspectos: estabilidad de espíritu, capacidad para tomar prudentes decisiones y rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres. A continuación, describiremos otros rasgos que caracterizan a la persona madura.

Es la persona que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente, es decir, la persona que hace opción, es conscientes y responsables, y que nunca después se tiene que arrepentir de ellas, y menos pasarse la vida replanteándose sus decisiones, sin adquirir una seguridad y una certeza válidas sobre ellas.

Es quien ha adquirido un fácil y habitual autocontrol emotivo con la integración de las fuerzas emotivas bajo el dominio de la razón, es decir, la persona que no vive de sentimentalismo, de impulsos, de tendencias, sino que vive de principios, de dominio personal, de convicciones, aunque a veces las emociones o los sentimientos quieran dominarla.

Es aquella quien elige y prefiere vivir comunitariamente, porque está siempre en actitud de donación, de apertura, de servicio, de entrega a los demás, mientras rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento, de particularismo, de individualismo. La persona inmadura es una persona terriblemente sola.

Aquella que tiene estabilidad en los proyectos de vida personales en un clima de aceptación y de serenidad. El capricho es la postura de la persona inmadura, de quien quiere todo y no sigue a nadie, de quien se compromete con todo y deja todo.

La madurez exige también de la persona un comportamiento según la autonomía de la propia conciencia personal, es decir, según los dictámenes de su conciencia rectamente formada, a la luz de la ley natural y de la fe. Es madura en este sentido, quien saca de su propia interioridad el sentido y la dirección de sus acciones, y no de los criterios del mundo, de las ideas más llamativas.

La única persona verdaderamente feliz es la persona verdaderamente madura, quien ha llegado al desarrollo pleno y armónico de su propio ser, lo cual implica llegar a realizar aquello para lo cual fue creada.

Partiendo desde el punto de vista de que somos creaturas hechas por Dios, creadas por Dios para vivir unos instantes en la tierra y después volver a Dios por toda la eternidad, la maduración presupone, ante todo, conocer la voluntad de Dios Creador sobre mí, que soy creatura.

Conocer lo que Dios quiere de mí y hacer lo que Dios quiere en mi vida. Hay muchas personas que a través de los años viven en una tremenda inseguridad, en una indecisión continua, en una búsqueda continua de algo para sentirse tranquilos y en paz, para sentirse realizados. Esas personas se encuentran en ese estado porque no se han planteado con profundidad, con seriedad la pregunta: ¿qué es lo que Dios nuestro Señor quiere de mí?; y porque no han analizado cómo están contestando a esa pregunta sobre lo que Dios quiere de ellos. Desde luego, sin resolver este punto, se avanza en la vida, pero con peligro, con mucho peligro de no encontrar nunca la verdadera felicidad, de no encontrar nunca una completa maduración humana en cuanto a lo psicológico, en cuanto a lo intelectual, en cuanto a lo emocional.

Hecha la elección, seguido el llamado de Dios, conscientes de este llamado, hemos de buscar siempre ser unas personas auténticas. Si nosotros no somos idénticos, si por una parte sabemos que somos creaturas de Dios y que tenemos un llamado de Dios que implica una serie de compromisos en el orden espiritual, en el orden moral, en el orden material, y por otra parte no somos fieles en el cumplimiento de nuestros deberes como creaturas de Dios, difícilmente podremos lograr nuestra identidad personal. Una de las cosas más peligrosas que pueden ocurrirnos es la división interna. La división interna presupone ya de partida la falta de identidad personal: soy una persona doble, no soy auténtica. Hay una dualidad, y donde hay una dualidad hay siempre una angustia interior muy grande; donde hay dualidad hay siempre falta de paz y de felicidad interior. Por eso hemos de buscar ser idénticos; no debemos ser una cosa ante Dios y querer aparecer otra cosa distinta ante los hombres.

Identidad de vida es sinónimo de autenticidad. La autenticidad es un valor que universalmente cautiva, sobre todo, en un mundo donde abunda tanto la falsificación y donde se han refinado sobremanera las técnicas de la manipulación de la sociedad y de los individuos.

La maduración presupone, también, el hábito o la búsqueda continúa de la autoconvicción y esto es también de una importancia y de una trascendencia vital en nuestra vida.

Tenemos que ser personas íntegras siguiendo siempre la misma línea de lo que nos marca el querer de Dios. La elección hecha para la propia vida ante el llamado de Dios, ha supuesto la búsqueda sincera y la generosidad suficiente, la fidelidad continua a esta elección; esta generosidad y esta fidelidad hay que mantenerlas siempre firmes y en pie todos los días de la vida para lograr la madurez y para lograr la felicidad. Los cristianos no tenemos que ir muy lejos para encontrar un modelo de madurez auténtica y un camino seguro para avanzar firmemente hacia ella. Jesucristo, el Hombre perfecto, centro y modelo de la vida cristiana, nos ha dejado un ejemplo consumado de madurez y nos invita a imitarlo.

 

¿Qué es la madurez humana?

Además de ser el cementerio de buenos proyectos, la falta de madurez es causa de inestabilidad y frustración en la vida.

El hombre como «imago Dei», imagen de Dios difuminada por el pecado debe trabajar toda su vida para adquirir esta coherencia.

Es un hecho que la gracia de Dios es lo que más perfecciona al hombre, pero la gracia no tiene sentido sin el hombre. Necesita un hombre maduro como tierra fecunda para que crezca la semilla. Sin esta base, todo se queda en buenos deseos y buena voluntad, pero nada más. ¡Cuántas personas conocemos que han llegado a fracasos morales, económicos, familiares, sabiendo buen lo que querían y debían hacer, pero sin haber puesto los medios necesarios para realizarlo! Todo esto se debe en gran parte a la falta de madurez humana.

Además de ser el cementerio de buenos proyectos, la falta de madurez es causa de inestabilidad y frustración en la vida, pues una persona que vive según las pasiones, según las impresiones del momento, no puede hacer una opción en la vida sin dejar de replanteársela, ponerla en duda, traicionarla, muchas veces, perdiendo así tiempo y energías en una serie de obras emprendidas y nunca terminadas.

La madurez humana consiste en la coherencia entre lo que se es y lo que se profesa, y que tiene su expresión externa más convincente en la fidelidad y responsabilidad en el cumplimiento de los compromisos y deberes contraídos con Dios, con la Iglesia y con los hombres. Para ello es necesario hacer un esfuerzo constante para lograr la capacidad de tomar prudentes decisiones y opciones definitivas, la estabilidad de espíritu, la integración serena de las fuerzas emotivas y de los sentimientos bajo el dominio de la razón y de la voluntad, de la fe y de la caridad, la actitud de apertura y donación constante a los demás, sin excepción de personas, y la rectitud en el modo de juzgar sobre las personas y sobre los acontecimientos de la vida.

La madurez no es una cualidad única, sino una virtud formada por muchos y variados aspectos. Es una gama de actitudes ante la vida.

El Vaticano II describe así estas cualidades: estabilidad de espíritu; capacidad para tomar decisiones prudentes; y rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres.



Ideas erróneas sobre la madurez humana

Estas son algunas ideas erróneas sobre la madurez y que es necesario se vayan clarificando.

Para algunos la madurez consiste en llegar a una edad en la que se puede hacer todo lo que se quiera, sin límite.

A veces sucede que, llegando a cierta edad, el joven es considerado automáticamente “maduro”, lo cual implica el derecho a consumir bebidas alcohólicas y frecuentar ciertos lugares reservados para personas «maduras».

El error fundamental en estos casos, es una concepción unilateral de la madurez. Quienes así piensan se preocupan más de lo que se puede hacer que del por qué hacerlo. Ser maduro es mucho más que poder realizar ciertos actos considerados maduros. En realidad, lo importante es que el joven que llega a esta edad sepa no solamente lo que puede hacer, sino por qué y en función de qué puede hacerlo.

El uso de las cosas tiene que estar determinado por un fin que el mismo hombre pone, y no viceversa. El hombre no toma cualquier carretera por el mero hecho de tener un coche. Para saber qué carretera tomar, es preciso tener una idea de dónde quiere ir. Por eso, es necesario que el joven tenga claro un objetivo de lo que se pretende en la vida, lo cual determinará el uso de los medios que tiene.



Algunas cualidades de la madurez humana

1. Una persona madura se nos presenta como alguien que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente.

2. Una persona madura ha logrado la adquisición de un dócil y habitual autocontrol emotivo con la integración de las fuerzas emotivas bajo el dominio de la razón.

3. Una persona madura se comporta según la autonomía de la propia conciencia personal, es decir, según los dictámenes de una conciencia rectamente formada a la luz de la ley natural y de la fe en Dios.

4. Una persona madura vive en actitud de donación y de apertura, de servicio, de entrega a los demás. Rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento en sí mismo, de particularismo y de individualismo.

Estos son algunos de los rasgos más destacados de lo que hemos llamado la personalidad madura, podemos decir en resumen que la persona madura es la que ha aceptado su vida, ha hecho una opción fundamental correcta y es fiel a la misma. Aquella que ha adquirido un control emotivo y no es esclava de sus sentimientos y pasiones, que viene en una actitud de apertura a los demás y sobre todo en una entrega desinteresada y servicial al prójimo.

Esta persona vive en paz y serenidad, firme en sus opciones, coherente con sus determinaciones. Para el cristiano maduro, el único fin en la vida es Dios, las demás cosas son solo medios para alcanzar su fin.

Todo este catálogo de cualidades y virtudes no se presuponen. Para adquirirlas el hombre tiene que convencerse de la necesidad fundamental de trabajar. Pero trabajar de una manera eficaz, es decir, colaborando activamente con la gracia de Dios. Así se puede lograr y encarnar esta personalidad madura en la vida como podemos constatar en las vidas de los santos, que son, por ende, grandes hombres.

Donde hay un cristiano maduro, hay un hombre auténtico. La autenticidad de vida es el fruto de un cristiano convencido y maduro.

Vivir según la voluntad de Dios implica la decisión de formarse de acuerdo «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), es decir «a revestirse del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad verdaderas» (Ef 4, 24).

Esta decisión de formarse es imprescindible. Cimentado sobre ella el hombre puede ordenar cada hora y cada minuto de su vida hacia su fin último. No tomar esta decisión es servir a dos señores y formarse en una personalidad dividida y doble, en cuento que se ha hecho una opción por Dios, pero no se busca concretarla con hechos. Cuanto más sólida es la opción fundamental, más sólida es la decisión de formarse bien. Formarse no solo en algunos aspectos, sino en una formación integral que abarque todo el hombre en todos los momentos de su vida.

El que quiere formarse bien según un ideal elegido tiene que prestar una atención cuidadosa y tenaz para conocerse a sí mismo a fondo. Conocerse significa tener una visión integral de sí mismo que abarca todas las facultades enfatizando sobre todo el conocimiento del propio temperamento, la emotividad, el grado de actividad, la resonancia y la capacidad de reflexión.

La aceptación de sí mismo, que no es resignación derrotista ni conformismo egoísta, debe llevar al hombre a la decisión profunda y permanente de superarse. Esto se hace tomando una actitud responsable y conquistadora ante la vida; una disposición positiva que lleva a la persona a vivir, no según los sentimientos y las circunstancias pasajeras, ni mucho menos según la opinión de los demás, sino de cara a Dios.

Este es el verdadero sentido de la responsabilidad: querer guiar la propia vida, en todos sus detalles, según los preceptos de aquél en quien se tiene puesta la confianza (cfr. 2 Tm 1,12).

Es este tipo de hombre al que se llama coherente, sincero, leal; en una palabra, auténtico. La presencia de los demás, no es el factor determinante de su obrar sino el amor a Dios mismo. El hombre maduro integral vive todos los acontecimientos desde el punto de vista de su fe en Dios, por eso sabe apreciar las cosas más sencillas de su vida.

No hemos de olvidar que el trabajo de identificación con Cristo sobrepasa completamente nuestras posibilidades humanas. Necesitamos la ayuda de Dios. La tenemos en el Espíritu Santo que Cristo nos prometió en la Última Cena (cfr. Jn 14, 26).

 

La madurez integral (madurez humana y cristiana)

Quien, como Cristo, logra realizar en su vida los valores según la debida jerarquía es una persona madura. El hombre maduro guía su conducta por la razón y los criterios de fe; orienta su voluntad hacia el bien; sabe relacionarse con los demás en modo altruista y generoso. Posee un claro proyecto de vida y se entrega con decisión, a ejemplo de Cristo, a su realización; un hombre que sabe lo que quiere y lucha por conseguirlo; un hombre que ha dado a su vida un sentido trascendente y que la concibe como una misión; un hombre que persigue un ideal verdadero y que se esfuerza por alcanzarlo sin vacilaciones ni subterfugios; un hombre de principios claros, seguros y firmes; un hombre que es coherente y fiel a sus propias convicciones, que usa su libertad en modo responsable; un hombre reflexivo, rico en interioridad y sabiduría.

Una persona madura se reconoce por la perfecta armonía que reina en sus facultades. La madurez humana da como resultado lo que llamamos el hombre cabal. Quienes han logrado armonizar los diversos aspectos que componen su personalidad nos sorprenden y maravillan por ese señorío que poseen sobre sí mismos, por la sencillez con que se dan a los demás y por su coherencia de vida. Han sabido encauzar todas las fuerzas de su ser hacia un ideal superior. Son personas ardientemente apasionadas que han sabido poner toda su riqueza emotiva y afectiva al servicio del bien y de la verdad, y que por lo tanto ejercen al máximo su capacidad de libre albedrío. El hombre maduro es, como dice la popular canción italiana, «el imperio de la armonía», un ser que desprende paz, serenidad, energía, plenitud, gozo y entusiasmo por la vida, el bien y la verdad. Un hombre así ha construido su vida sobre roca. Es claro, sin embargo, que la madurez no es sinónimo de total perfección, lo cual es imposible en esta tierra. El hombre maduro no carece de límites, pero los acepta, procurando siempre superarlos en la medida de sus posibilidades.

El cristiano maduro es aquél que, sobre la base de los valores humanos, vive los valores evangélicos. San Pablo llama a este tipo de hombre, regenerado por la gracia de Cristo, el hombre nuevo (Ef 4, 24). Este hombre, que nace de nuevo en el Espíritu Santo (Jn 3, 5) es plenamente maduro porque vive según Cristo, el hombre perfecto, revistiéndose de Él en su ser y en sus obras, de tal modo que puede repetir con san Pablo: «Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). El hombre nuevo vive de la fe (Rm 3, 26) y de la esperanza; goza de la libertad gloriosa de los hijos de Dios (R 8, 21), se nutre de la verdad del Evangelio, y tiene por máxima ley la caridad (Rm 13, 8). El cristiano maduro es el santo que sigue a Cristo por el sendero de la cruz para llegar, junto con Él, a la gloria de la resurrección. La madurez cristiana tampoco está exenta totalmente del pecado y de la imperfección, pero el cristiano maduro, lejos de hacer un pacto con el mal que todavía puede dominar en él, procura vivir en actitud de vigilancia y de combate espiritual, aprovechando con humildad sus faltas para confiar más en Dios y en la acción de la gracia en su alma.

En contraposición al hombre maduro se encuentra el hombre superficial, que carece de principios, que simplemente vive al día, sin un proyecto de vida y sin ideal, que no sabe ni por qué ni para qué vive. La norma de su actuar no es la convicción, sino la conveniencia, el placer del momento o la emoción más fuerte. Este tipo de hombre se guía por un pensamiento débil, donde todo es verdad y mentira al mismo tiempo, todo es relativo.

Nada hay absoluto: ni normas morales, ni principios, ni convicciones. Todo le es permitido con tal que satisfaga a sus tendencias. Es un hombre dominado por la búsqueda constante de nuevas sensaciones, del placer y del sexo a toda costa, por la fuga de la realidad y del compromiso moral y espiritual; pero vacío por dentro, sin valores sólidos, sin sentido en la vida. Es un ser amorfo, que vive de flor en flor: ha construido su vida sobre arena movediza.

Igualmente, el cristiano inmaduro es quien vive en la inconsciencia o en la indiferencia el precioso tesoro de su fe y todas las riquezas que se derivan de su ser cristiano.

El hombre coherente y auténtico es fiel a la voz de su conciencia y, cuando por debilidad no lo es, sabe reconocer con humildad su error y corregir la ruta.

La conciencia bien formada asegura el verdadero ejercicio de la libertad. El hombre es más libre cuando con mayor fuerza se adhiere al bien y a la verdad, y supera la tentación del egoísmo o de la mentira. La verdad nos hace libres (Jn 8, 32). Una libertad gobernada por la verdad y el bien es una libertad abierta al valor moral, abierta a la dignidad de la persona humana, abierta a Dios en última instancia.