Colaboraciones

 

Católicos / cristianos (y II)

 

 

 

29 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Yo soy católico por amor a la Verdad

Según el principio protestante de la interpretación privada de la Escritura, cada quien puede enseñar su opinión. Yo respeto la opinión de los demás, pero Cristo es la Verdad y no la opinión. La opinión lleva a la confusión y división, la verdad a la unidad y certeza.

Cristo erigió a su Iglesia como columna y fundamento de la verdad. Por eso «La Iglesia católica es la maestra de la verdad, y su misión es exponer y enseñar automáticamente la Verdad que es Cristo» (Dignitatis humanae n. 14).

 

Yo soy católico porque me entusiasma el testimonio de sus santos, el heroísmo de sus mártires, la multitud de sus vírgenes, el celo de sus predicadores, el ardor de sus misioneros

Hay quien pretende confundirnos mencionando los malos Papas, los malos sacerdotes, la Inquisición, etc. Les respondemos así: «A mí enséñame una Iglesia que tenga más mártires que hayan dado su vida por Cristo, más misioneros que hayan predicado el Evangelio, más mujeres consagradas al servicio de los más pobres, y yo me voy con ella». Su silencio es elocuente.

Sí, es en la Iglesia católica donde yo veo el poder de Cristo más fuerte, la gracia de Cristo más abundante, su santidad más atractiva, su caridad más eficiente, por eso soy y quiero seguir siendo católico.

 

Yo soy católico porque a Cristo no le gustan las divisiones y quiere que todos unidos formemos un solo rebaño bajo un solo pastor

Jesucristo quiere la unidad. El sectario primero siembra duda y desconfianza, después corta y separa, y por último acapara.

Jesucristo quiere que en su Iglesia haya un solo rebaño y un solo pastor. Cristo desea que estemos unidos y no divididos en multitud de iglesias al gusto del consumidor.

Los apóstoles nos exhortan a la unidad. ´Un solo cuerpo y no miembros divididos, un solo Espíritu y no muchos espíritus, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre.

Hay algunos cristianos que dicen que ellos solo aceptan la Biblia, y se auto nombran pastores con derecho a formar su propio rebaño, fundar su propia esperanza, inventar su propia fe y establecer su propio bautismo y, en definitiva, no aceptan otro señor que el de su propia razón y juicio para interpretar la Biblia.

 

Porque mis padres me bautizaron

Yo soy católico porque mis padres me bautizaron, es verdad, y no me avergüenzo, porque un padre quiere siempre lo mejor para sus hijos. A otros les heredan dinero, a mí me heredaron la fe, y no la cambio por todo el oro del mundo.

 

Soy católico por la gracia de Dios

La fe católica es un talento que Dios te dio y te va a pedir cuentas de él. Tú eres culpable si lo pierdes por tu negligencia. Por eso dice Jesús: «El que perseverare hasta el fin, se salvará».

El Papa Juan Pablo II lo decía con estas palabras: «La enseñanza de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos... se opone a la doctrina de la Iglesia católica; por eso, la adhesión a ellos significaría renegar de la fe en que habéis sido bautizados y educados» (J. Pablo II al Emigrante).

Si la fe es un talento de Dios, entonces tengo el compromiso de conservar, fortalecer y multiplicar mi fe evangelizando a los demás. Esto me ayuda, además, a entender que no basta tener argumentos, es necesaria la luz de Dios para acercar a otros a la fe.

La Iglesia católica no tiene miedo de la verdad, lo único que teme es la ignorancia.

Practícala. Muchos cambian su fe porque nunca la practicaron. La fe no entusiasma sino al que la vive.

En esa misma línea el Papa Juan Pablo II decía: «Uno de los motivos que pueden llevar a acoger las proposiciones de esos nuevos movimientos religiosos es la poca coherencia con que algunos cristianos viven su compromiso cristiano, y también el deseo de una vida cristiana más fervorosa, que se espera experimentar en determinada secta, cuando la comunidad que se frecuenta está poco comprometida.

»Pero se trata de un engaño. Del malestar interior antes mencionado, se sale mediante una verdadera conversión interior, según el evangelio y no afiliándose irreflexivamente a esa clase de grupos» (J. Pablo II, Jornada Mundial del Emigrante).

La fe se fortalece dándola.

La fuerza de las sectas está en el silencio y en la inacción de los católicos. La verdad no necesita ni de gritos ni de alharacas, se impone por sí misma, basta predicarla con claridad y vigor.

El Concilio reconoce que fuera de la Iglesia católica se encuentran muchos elementos de santidad y verdad, y nos sentimos unidos a esos hermanos en Cristo (Lumen gentium n. 8). Pero con igual firmeza afirma que la plenitud de gracia y de verdad fue confiada a la Iglesia católica, y a esta Iglesia el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza (Unitatis redintegratio n. 3).

Todos enseñan verdades, unos menos, otros más, pero la Iglesia católica es la que me guía a toda la verdad (Lumen gentium n. 4).

Ella, por voluntad de Cristo, es maestra de la verdad (Dignitatis humanae n. 14).

La Iglesia reconoce que hay muchos que honran la Sagrada Escritura como norma de fe y vida (Lumen gentium n. 15), pero afirma que a esa Escritura va unida la Tradición y el Magisterio de modo que ninguno puede subsistir sin los otros (Dei Verbum n. 10).

Como las grandes obras maestras, a la Iglesia de Cristo todos la imitan, pero ninguno la iguala ni supera, porque es obra de Cristo.

 

Cristianismo, la religión del amor

El cristianismo es la religión de los seguidores de Jesucristo. Hijo de Dios hecho hombre, que empezaron a llamarse cristianos desde los primeros tiempos.

La Buena Nueva, anunciada por Jesús, se resume en los dos grandes preceptos del amor de Dios y del amor al prójimo. Así, el amor de Dios debe explicarse y extenderse en el amor al prójimo.

Dios ha amado primero. En realidad, no es primero el amor del hombre a Dios, sino el amor de Dios al hombre. El concepto de amor, que otras antropologías entienden como fruto de algo que falta, como aspiración de quien no tiene gracia quien tiene, es en el Cristianismo un don de Aquél que tiene (porque es el que es) otorgado a quien no tiene: el amor cristiano no es eros, sino charitas.

El mandato de amar al prójimo encuentra necesariamente su base y su motivo en el amor de Dios, así como el mandato del amor de Dios encuentra su fundamento en la libertad como manifestación de la conversión espiritual: «Si vivimos según el espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gal. 5, 25; cfr. Rom. 5, 12-23; 1Cor 5, 7; 6, 11).

El amor va dirigido a todo hombre, también al pecador, al publicano, a la meretriz, al samaritano y al enemigo. Amor, a todos los hombres, y sobre todo para los más necesitados están de él, por ejemplo, los pobres y los abandonados, que no son invitados a la cena precisamente porque no pueden devolver lo que se les da (cfr. 14, 12-14).

La llamada al amor fraterno llega a ser el reconocimiento de la igualdad de todos los hombres, por encima de toda distinción racial, nacional o social.

Jesucristo es el Hijo de Dios, Redentor del hombre y su único Modelo.

Cristo, Dios y hombre.

El cristiano lo es verdaderamente en la medida en que se hace «imitador de Cristo», en la medida que se une a Cristo y se identifica con Él en la Eucaristía. La medida de la verdad y del bien es siempre únicamente Cristo. Por «su causa» el discípulo será odiado y perseguido, pero precisamente por eso salvará la propia vida. Cristo exige la decisión absoluta y total. Discípulo de Jesús es aquél que, como Pedro, reconoce a Cristo.

El cristiano solo adora a Dios. A un Dios único que se ha revelado en Jesucristo, que es Él mismo Dios, hecho hombre.

Jesucristo nace, en la carne de María. Por intervención divina, María es santísima desde su concepción, porque el Santo, Dios no podría haberse encarnado en el seno de una persona manchada por el pecado. Asimismo, María concibió al Hijo de Dios sin la intervención de varón. Por ello es Virgen Inmaculada. Ella, con todos estos atributos, es la intercesora por excelencia ente Dios. Por eso, los cristianos acudimos a ella con veneración, para rogarle que, como buena madre, nos alcance de su hijo Divino las gracias espirituales que necesitamos para cumplir nuestra misión en este mundo y alcanzar la gloria prometida.

Es en la Iglesia donde se actualiza cada día el Sacramento de la muerte de Cristo y de su Resurrección. La Iglesia es el instrumento de la predicación misionera y de la Buena Nueva, y el de la aplicación de la obra salvadora por vía sacramental, que extiende así la historia de la salvación.

El Cristianismo es una religión de amor, de la fraternidad universal, porque todos tenemos un único Padre: Dios. El amor nos empuja a buscar el bien de nuestros hermanos, y ese bien que nos realizará plenamente es la Salvación en Jesucristo. Por eso, la actitud misionera es propia y esencial del cristiano.

Pero el mensaje salvífico no es propio de cada uno. Es el mensaje de Jesucristo, por eso debemos transmitirlo sin contaminaciones o interpretaciones personales. El Papa tiene la misión de mantener el depósito de la fe, de cuidar la fidelidad el Evangelio, de velar porque los falsos profetas no siembren cizaña y desorienten al Pueblo de Dios. Por eso el cristiano debe estar en comunión con la Sede de Pedro, pues sólo sobre esa piedra se edificará la Iglesia de Jesucristo.

El discípulo de Cristo vive en el mundo, pero no pertenece al mundo. El mundo es el lugar de la salvación, pero este mundo tendrá un final.

El cristiano es siempre, de alguna manera, extraño al mundo (1 Pet. 2, 11). Sin embargo, la actitud cristiana, a diferencia de la gnóstica y maniquea, no es de rechazo o de fuga del mundo.

La actitud consiste más bien en considerar el mundo como provisorio e instrumental respecto del Reino, es al mismo tiempo una actitud de aceptación, en cuanto que el mundo es obra de Dios y lugar y medio de santificación, y de rechazo; en cuanto que en el mundo existe el pecado que aparta de Dios.

Si Cristo, el único justo, ha aceptado el sufrimiento, el cristiano debe sufrir y morir con Cristo puesto que es cierto que todo dolor y muerte se traduce en alegría y vida (Jn. 16, 20-22). El cristiano no ama el sufrimiento, la actitud patológica del que se complace en el dolor es totalmente ajena de la del Cristianismo. Éste no vence el sufrimiento no con la indiferencia ni con la apatía, sino con la fe, mediante la cual el hombre interior triunfa sobre el exterior (2 Cor. 4, 16-18).

Todo hombre es un reflejo presente de lo divino, que lo hace insustituible y no subyugable: en la perspectiva del Cristianismo, por tanto, el hombre deja de ser un «medio» y llega a ser un «fin».

Afirmar que en el Cristianismo lo espiritual tiene la primacía, no significa establecer un dualismo irreconciliable entre el espíritu y la materia, entre el alma y el cuerpo, como lo entendía la antropología griega. El Cristianismo valora y redime la misma corporeidad, en cuanto que considera la materia como indiferente, capaz de ser buena o mala según el uso que de ella haga la voluntad del hombre. El hombre del que habla el Cristianismo es un ser integral, compuesto de cuerpo y alma como realidades distintas, pero unidas sustancialmente; es un espíritu encarnado que vive y obra unitariamente, y unitariamente se salva (o se condena) mediante la Resurrección de la carne (no como en la visión griega donde se afirma solo la inmortalidad del alma). En pocas palabras, la salvación (o condenación) comenzada ya inmediatamente después de la muerte, solo se hace completa con la Resurrección de la carne en el día del Juicio Final.

La evangelización es esencial a la Iglesia. Jesucristo, antes de subir al cielo, después de resucitado, nos ordenó: «Id a todo el mundo y predicar el Evangelio, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Esta misión es de todos y cada uno de los miembros de la Iglesia: tenemos que comportarnos como miembros vivos y no como células inertes. El amor de Cristo nos urge; y nos urge buscar el bien de nuestros hermanos los hombres. Ese Bien por antonomasia está en el encuentro y conocimiento del Evangelio. Por eso, los bautizados en Cristo, debemos dar testimonio de nuestra fe, con el ejemplo y con la palabra, es decir, con la autenticidad de nuestra vida.