Colaboraciones
Reflexiones sobre lo que diferencia al hombre de los animales (VI)
18 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Peter Singer y su famoso libro Animal Liberation
Numerosas personas se pronuncian a favor de la prohibición de los experimentos médicos con los animales, del uso de las pieles para los vestidos, etc. Algunos van más lejos, hasta construir cementerios u hoteles para los animales. El filósofo australiano Peter Singer desde hace tiempo viene repitiendo la idea de que no hay diferencia intrínseca entre los animales y el hombre. En su famoso libro Animal Liberation (Liberación animal), publicado en inglés en 1975 (en español, en la editorial Taurus, 2011), Singer pide que se ponga fin a la «tiranía» de los hombres sobre los animales. Según él, nuestro tratamiento injusto de los animales es equivalente al racismo y al sexismo. Para referirse a él, ha acuñado la palabra especismo. Más que hablar de derechos, Singer pide una igualdad para los animales. En su moral utilitarista, basada en Bentham y otros, la vida de un feto no tiene más valor que la vida de un animal. De hecho, en una entrevista concedida en 1996, afirmó que, si comparamos la vida de un chimpancé con la un bebé con problemas cerebrales, hay que reconocer un mayor «significado moral» al chimpancé.
«Aunque hay miles de seres humanos, dice el padre Guillermo Juan Morado, que son vejados en su dignidad, que no ven reconocidos sus derechos, que son objeto de explotación, de compraventa o de esclavitud, situación que no parece alarmar a Singer y sus secuaces», lo que más llama la atención del «Proyecto Gran Simio», fundado en 1993, «una iniciativa, sigue diciendo el padre Guillermo Juan Morado, que fue presidida por el filósofo Peter Singer que pretende la inclusión de los grandes simios: chimpancés, gorilas, bonobos y orangutanes en la categoría de “personas”, otorgándoles la consecuente protección moral y legal, hasta ahora reservada solo a los humanos. Dicho Proyecto no es el deseo de tratar bien a los simios, sino la voluntad de redefinir el concepto de persona. El reconocimiento de la singularidad humana está en entredicho. Y, por consiguiente, también lo está el reconocimiento de la razón por la cual el ser humano es persona y sujeto de derechos inalienables».
En realidad, el esfuerzo por equiparar los animales con el hombre no resulta de la exaltación de los animales, sino más bien de la reducción del hombre a la pura materia, negando su naturaleza espiritual.
«Singer se define “materialista en sentido filosófico”, darwinista, políticamente de izquierdas…, y, sobre todo, antinaturalista. En realidad, su procedencia intelectual está fuertemente marcada por dos rasgos: el pragmatismo sensista, fuertemente inspirado en J. Bentham, y el laicismo militante, alérgico a lo sobrenatural y ateo», afirma el padre Leopoldo Prieto.
Los animales, ¿sujetos de derecho?
Algunos defienden que los animales tienen derechos porque tienen intereses, observa Machen, que necesitan satisfacer. Sin embargo, el mero hecho de tener intereses no es suficiente para establecer un derecho a algo, defiende. Además, tener derechos implica respetar obligaciones recíprocas con los demás. Si los animales tuvieran derechos basados en intereses, tendrían obligaciones hacia los demás. Pero el reino animal no funciona de esta manera. Las cebras pueden tener interés en que no las mate un león, pero esto no implica ningún derecho que el león esté obligado a respetar.
No es posible considerar ni a los animales ni a la naturaleza como sujetos de derecho, sencillamente porque existe en el hombre una realidad espiritual que corresponde a su intelectualidad, a su capacidad racional. Derecho, literalmente, es lo recto, lo no torcido, en cuanto, conforme a la realidad, en el sentido de adecuado a ella, proporcionado, o como lo definía Celso, el arte de lo bueno y de lo equitativo (Digesto, I, 1). En este sentido, y en cualquier otro «sentido» que se le quiera atribuir al término, está íntimamente relacionado con los actos humanos, es decir, que son propios de quien posee voluntad, libertad e inteligencia. El derecho de alguien substantivo, designa aquello que, lo que, es adecuado o justo en relación con esa persona, lo que le corresponde.
Ser sujeto de derecho suele definirse como tener derechos y obligaciones jurídicas. Sujeto (subjectum) indica: sometido, vinculado. De aquí deriva, probablemente, el hecho de considerar, universalmente, que sujeto de derecho, en sentido propio, es solo la persona. Pues solo la persona, en virtud de su inteligencia y voluntad, es libre o susceptible de mérito y responsabilidad. Esto, aunque no pueda ejercerlos en acto; se trata, en efecto de algo que le es propio a su naturaleza capaz de responsabilidad (por eso, lo son el niño, el demente, el enfermo, el hombre en coma, el que depende de otro, etc.).
La persona humana es el sujeto y el objeto del Derecho. Toda relación jurídica se da entre personas y todo el Derecho está al servicio de las personas.
Si el ser humano no fuera libre y responsable no habría Derecho.
Lo que propiamente corresponde a los animales, y a la naturaleza en general, es ser objetos de Derecho si se quiere y en cierto sentido, es decir, receptores de responsabilidades jurídicas, por parte del hombre. Porque como sujetos de derecho, nosotros tenemos la obligación de preservarlos, respetarlos, cuidarlos, etc.
Referido a los «animalia», al Reino Animal, y esto para evitar la argumentación animalista de que también somos animales, pues ciertamente compartimos con los animales la capacidad de reproducción, nutrición y crecimiento, sin embargo, en nosotros se da la facultad del intelecto que introduce un salto cualitativo insalvable entre seres humanos y animales.
Otros defensores de los derechos de los animales no se apoyan en argumentos basados en intereses o capacidades, sino que mantienen que toda vida es sagrada y no podemos imponernos sobre ella. Una variante de esta postura es el argumento de que la naturaleza es sagrada y por eso es moralmente erróneo dañarla lo más mínimo.
Pero este argumento es simplemente poco práctico, observa Machen, porque no podríamos vivir sin matar algunos animales. La cuestión también se plantea sobre qué o quién hace sagrada a la naturaleza.
Algunas veces, reconoce Machen, la gente simplemente se apena por la idea de que los animales sientan dolor o sufrimiento, y esperan atribuirles derechos que eviten estos problemas. Sin embargo, el mero hecho de tener derechos no elimina el sufrimiento, como la experiencia humana demuestra ampliamente, afirma.
La moralidad humana, observa Machen, implica algo más que derechos. El ejercicio de las virtudes como la templanza y la moderación son también importantes. Por lo tanto, cuando alguien se comporta de modo cruel o derrochador con los animales, se puede afirmar correctamente que daña su carácter moral.
Pero, si una falta de cuidado por la vida y el bienestar de los animales demuestra un defecto de carácter, esto no significa, concluye Machen, que no podamos utilizar los animales de forma responsable para obtener los beneficios necesarios. El elemento clave aquí consiste en distinguir lo que es una conducta caprichosa de lo que es necesario para el bienestar humano. Una distinción que los que se preocupan por los animales deberían tener presente.
Roger Scruton y su libro Animal Rights and Wrongs
En respuesta a este tipo de argumentos, el filósofo inglés Roger Scruton ha publicado un libro donde critica a quienes pretenden poner los animales al mismo nivel del hombre. Su publicación Animal Rights and Wrongs (Derechos de los animales y los errores), Londres (1996), ofrece una serie de argumentos convincentes. Por lo que se refiere al tema de la diferencia en la capacidad intelectiva entre el hombre y los animales, Scruton hace las siguientes observaciones:
– Los animales tienen deseos, pero no hacen opciones. Cuando entrenamos un animal cambiamos sus deseos, pero el animal no hace una opción.
– La inteligencia de los animales está orientada por sus instintos y la experiencia del momento. El hombre, por el contrario, puede proyectarse en el futuro.
– La vida social de los animales está guiada por los instintos y no hay diálogo o razonamiento moral como existe en una comunidad de personas.
– Los animales no tienen una imaginación propiamente hablando, o un sentido estético y sus emociones están limitadas a un nivel físico. Tampoco tienen consciencia de sí o un lenguaje abstracto.
Roger Scruton, profesor de filosofía, ofrece un lúcido examen en su obra antes citada. Su respuesta es que nuestro trato con los animales ha de estar regido por la piedad, que nos recuerda la diferencia esencial que separa a los animales de los seres humanos, pero también que no somos dueños absolutos de la naturaleza.
Ben Kobus afirma que Scruton parte de la moral clásica y los sentimientos naturales. Basa su argumentación en un completo examen de la vida moral, en el que tienen sitio tanto la razón como la virtud y la piedad. Luego muestra por qué ciertas actitudes no son más que propio interés disfrazado o sentimentalismo egoísta. Así logra demostrar la falsedad de los argumentos utilitaristas y darnos razones para nuestra conducta más sólidas que el álgebra de placeres y dolores.
La intención de Roger Scruton es examinar las diferencias entre nosotros, en cuanto seres con vida moral, y el resto de la naturaleza, porque la moral tradicional se basa en esta distinción, sostiene Ben Kobus.
Al hablar de los animales, Scruton revela, por contraste, los maravillosos atributos que tenemos por ser humanos. Pues su libro trata de ética. Explica que «las cuestiones que voy a discutir surgen porque somos animales, pero animales de una clase muy particular: animales que tienen conciencia de sí como individuos, con derechos, responsabilidades y deberes, y que son capaces de extender su compasión a otras especies».
Después de que Roger Scruton escriba con tanta altura de las cualidades que hacen de los hombres seres libres y éticos, distintos de los animales, extraña, asegura Ben Kobus, que a veces insinúe que la eutanasia es admisible, siempre que se tenga el consentimiento del paciente. Solo Dios tiene dominio absoluto sobre la vida del hombre. Pero si el animal existe en relación con el hombre, la existencia humana solo se comprende por entero en relación con Dios, afirma Kobus.
Karol Wojtyla y su libro Amor y responsabilidad
Hay otro filósofo que escribió sobre la diferencia entre el hombre y los animales. Es Karol Wojtyla. En su libro Amor y responsabilidad (editorial Palabra, 2016), escrito antes de ser elegido Papa, examina aquello que diferencia al hombre de los demás seres, incluso los animales. Una persona es un ser racional, con una capacidad intelectiva cualitativamente superior a los animales. Pero no nos encontramos solo ante una cuestión de funcionalidad intelectiva. La persona goza de una interioridad, en cuanto que es un sujeto con un carácter espiritual, en el que se incluye una conciencia y una orientación hacia la verdad y el bien. Por tanto, la naturaleza del hombre es sustancialmente diversa a la de los animales e incluye la capacidad de la autodeterminación basada sobre la propia reflexión y la libre voluntad.
El Catecismo de la Iglesia católica
La diferencia esencial entre la persona y un animal está claramente expresada en el Catecismo de la Iglesia católica. En su número 342 se dice: «La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cf Sal 145, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Sin embargo, Jesús dice: “Vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Lc 12, 6-7), o también: “¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!” (Mt 12, 12)». «El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras criaturas (cf Gn 1, 26)», número 343 del Catecismo. El número 2415 afirma que «los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura». Pero el dominio del hombre sobre los animales, y sobre toda la creación, no debe ser entendido como un poder absoluto. Si bien es posible servirse de los animales para responder a las necesidades humanas, es necesario respetarlos como criaturas de Dios. El número 2417 dice: «Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen en límites razonables y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas». El siguiente número (2418) advierte que se debe evitar hacer sufrir sin necesidad a los animales, pero también afirma que no es bueno invertir en ellos sumas de dinero que podrían ser destinados a aliviar la situación de los pobres. Además, explica que «no se debe desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos».
El alma humana y el alma de los animales
En cierto modo, animales como perros, gatos y hasta peces de colores tienen alma. Sin embargo, el alma de los animales no es como la de los hombres. El hombre tiene un alma personal, espiritual e inmortal, mientras que el alma de los animales no es de naturaleza espiritual.
San Juan Pablo II, recordando la enseñanza de Pío XII a propósito de la evolución, afirma: «La doctrina de la fe afirma invariablemente, en cambio, que el alma espiritual del hombre es creada directamente por Dios […]. El alma humana, de la cual depende en definitiva la humanidad del hombre, siendo espiritual, no puede emerger de la materia» (san Juan Pablo II, audiencia general, «L’uomo, immagine di Dio, è un essere spirituale e corporale», 16.IV.1986).
Este reconocimiento no demerita a los animales como compañeros leales y creaturas útiles al hombre. Más bien nos mueve a reflexionar sobre las actitudes exageradas que se toman con los animales. Si bien muchos de ellos pueden ser nuestros compañeros leales, esto no significa que sean idénticos a nosotros y que deban recibir las mismas atenciones espirituales que un ser humano.